Un paseo por la iglesia de San Marcos, una de las más bellas del mundo


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? ¿Y mamá? Por Salamanca todo tranquilo. Hace un día espléndido de sol y luz. De esos que te aportan un extra de energía para seguir con este confinamiento

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Atardeceres bucólicos a la sombra de la iglesia de San Marcos


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Salamanca es un bullir de gente. Una auténtica fiesta. Las calles están abarrotadas y hay un ambiente de gala.

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Por San Blas y el resto del año la cigüeña verás


¡Hola, papá! ¿Como sigues? Sé de sobra que no te has olvidado de que hoy es San Blas. Un día en el que las protagonistas las cigüeñas, esas aves cuyo vuelo te embelesaba y a las que podías pasarte horas mirando.

¡Cuántas veces deseaste ser cigüeña para poder volar y ver desde tanta altura tu amada Salamanca! Seguro que desde el cielo, incluso, las puedes acariciar con esas delicadas manos que también agarraban las mías cuando juntos veíamos algún nido.

Y ese amor por las cigüeñas se convirtió en una auténtica locura. Como nunca sabíamos qué regalarte por tu cumpleaños o por el día del Padre o simplemente por que sí, porque eres el mejor papá del mundo, hizo que ahora tu casa siga llena de ellas. En la terraza, colgadas en tu despacho, en tus camisetas…. Si es que es imposible recorrer un metro sin que algo me recuerde a ti. He elegido la veleta que luce en nuestra terraza como porque sigue siendo una guía para mí, que siempre fui bastante torpe para distinguir los puntos cardinales, lo mismo que la derecha y la izquierda.

Así que por San Blas, como dice el refrán, yo he visto no una cigüeña, sino decenas. Ahora con el frío no me apetece mucho bajar para la zona antigua, pero me han dicho que por allí sí están. En realidad, como bien decías, creo que se quedan aquí prácticamente todo el año. Quizá porque saben que su vuelo mágico te fascina.

Seguro que recuerdas a Barsanufia, la cigüeña de madera gigante que te regalamos y que está en el taller de reparaciones otra vez. Le pusiste ese nombre porque fue un regalo de cumpleaños y tú naciste el día de San Barsanufio. Siempre dabas gracias porque tus padres no te bautizaran con el nombre del día (y yo también). Más que nada, porque como le contabas a la gente, luego hubieras acabado siendo Barsa. Igual a alguno le acabamos de dar una idea, pero nosotros pasamos de fútbol. De hecho la noche que nos decían que había partido importante, cambiábamos nuestra ruta para tomar nuestra cerveza o vino diario a un lugar sin televisión.

Pero como en 45 años y 24 horas al día juntos nos han pasado tantas cosas, se me ha venido a la memoria una tarde que bajábamos en mi coche a llevar a Barsanufia a la tienda de la calle San Pablo, porque la pobre había sufrido otro accidente casero.

Para tu sorpresa y mi alegría, cuando llegamos al final del paseo de Canalejas vimos un pequeño revuelo de gente. Y lógicamente paré el automóvil para ver qué sucedía.

Nada grave, por fortuna. Todo lo contrario. Más bien un momento que disfrutaste como pocos. Una cigüeña no podía o no quería, simplemente, levantar el vuelo y se puso a cruzar por el paso de peatones una y otra vez, tranquilamente, sin darse cuenta de la que estaba liando. ¡Madre mía! ¡Qué caos de tráfico!

Un señor se convirtió en su guardaespaldas e iba parando los coches para que no le pasara nada y, lógicamente, tú no podías ser menos. Con una sonrisa gigante en la cara ibáis los tres de un lado para otro hasta que se cansó y se posó en el jardín del hotel San Polo. Allí se quedó unos minutos, mientras tú la mirabas con esos ojos grises, curiosos, que seguramente la enamoraron igual que me tienen enamorada a mí.

Cuando entre todos conseguisteis que volviera a volar, te subiste al coche, completamente pletórico por ese momento que te regaló, perdón, nos regaló la vida. Porque no hace falta que te diga que lo que te hacía feliz a ti, a mi me lo hacía mucho más.

Caminando tranquilamente esta soleada mañana de domingo he pasado por San Marcos y he aprovechado que estaban allí los señores vendiendo gargantillas para hacer una foto y ver qué bonita luce nuestra iglesia redonda, por la que pasábamos todos los días y donde yo recibí mi bautismo.

Bueno papá. Espero que te guste la imagen. Te dejo que sigas buscando cigüeñas por ahí arriba. Y me despido como cada día. Con un ¡te quiero! tan grande y un beso infinito. que sé que ahora mismo sientes en tu mejilla.

El recuerdo de don Fernando en la misa de San Francisco de Sales


¡Hola, papá! Ya sé que aún estarás ‘cagándote ‘ en todos los dioses, pero la verdad es que fue un momento muy emotivo. 

Por la tarde nos encontramos al párroco de San Marcos, Fernando, como le llamabas tú cada vez que pasaba por delante del banco donde te sentabas cada tarde y le invitabas a un ‘whisky’, que negaba entre risas.

Se paró con su habitual sonrisa para ver cómo nos iba la vida. Y fue entonces cuando le comunicamos que te habías ido.

Se quedó pálido. No sabía por dónde le había venido. No sabía casi ni qué decir. Fue entonces cuando dijo que iba a tener un recuerdo muy especial en misa. 

Y yo no pude decir de nada. 

Evidentemente. Porque iba a ser una cosa bonita. Además, ya se lo advertí, que no eras ni católico ni apostólico, sino más bien lo contrario.

Así que a las 20.30 allí estábamos, puntuales, en la iglesia. Y llegó la hora de recordar a los difuntos. Pero él no te recordó como a uno más, te recordó como a un amigo, como a Nacho Carnero, tal y como le pedí cuando entraba por la iglesia.

Y sólo minutos hablaba de San Francisco de Sales, patrón de los periodistas. Y pensaba yo en las casualidades de la vida, porque a fin de cuentas tú eras periodista. No reportero, pero sí columnista, uno de los mejores que tuvieron en sus páginas ‘El Adelanto’ y ‘La Gaceta’, ese panfleto que ni tan siquiera tuvo la decencia de dedicarte una línea en sus páginas el día de tu muerte, cuando todo el mundo dice que eres quizá el mejor cronista de Salamanca de los últimos tiempos.

Bueno, papá, te dejo, que hoy me voy a de concierto y sé que cada canción me va a recordar a ti. En realidad todo me recuerda a tí, porque aunque me repito mucho, eres eterno. ¡Te quiero!

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