Fonseca, el lugar de la luz por el día y la magia de las estrelladas noches estivales


Triste y sola, triste se queda Fonseca y quien esta mañana quiso llevar allí tu recuerdo

¡Hola, papá! ¿Cómo estás pasando el domingo? Espero que al solecito y con una cerveza fría disfrutando de algún bello paisaje.

Hoy también ha tocado paseo. Al final es mi momento favorito del día. Comenzar a caminar sin rumbo e ir dejándote guiar un poco por donde te dicta el corazón. Mi soledad y yo nos encontrábamos algo nostálgicas esta mañana y mi cabeza de repente se acordó de un lugar especial para los dos: el colegio Fonseca.

Despacito, porque ya te he contado que ando floja de fuerzas y de defensas, llegué hasta su patio, me senté y quise disfrutar del silencio. Un silencio infinito que te deja meditar, reflexionar y que tu mente recuerde los momentos mágicos que allí pasamos.

Siempre era un sitio de celebración. Por las mañanas cuando había algo que celebrar íbamos a su exquisito restaurante con esas privilegiadas vistas que se tienen desde el ventanal. Y cuando el sol caía, durante los meses de verano, el patio de convertía en improvisado escenario al aire libre para acoger a algunos de los mejores artistas nacionales o internacionales de las más variadas disciplinas artísticas.

Allí reímos, cantamos y bailamos tantas y tantas veces al contagioso ritmo de la inigualable Vieja Trova Santiaguera; las notas de Compay Segundo y, sobre todo, con la gaita de uno de tus más admirados músicos: Carlos Núñez.

Te embelesaba con cualquiera de sus temas, pero cuando llegaba ‘Bailando con Roxiña’, aquel hombre que parecía serio y formal saltaba del asiento para mover brazos y piernas con esa descoordinación total que tenías para llevar el compás, pero que te hacía aún más divertido.

De hecho, si no mal recuerdo, fue con él, a Carlos Núñez, con quien te despediste de este enclave que tanto te fascinaba hace ya hace tres veranos. La violinista que le acompañaba bajó del escenario para interactuar con el público y fue haciendo un trenecito para que los asistentes subieran allí a bailar al ritmo de tan pegadizas notas.

Tomó mi mano y yo enseguida me giré para coger la tuya, pero preferiste quedarte en tu asiento riéndote, porque en el fondo, como muchas veces me decías, pensabas que estaba como una cafetera.

Y allí terminé yo, en el escenario, brincando y aplaudiendo a tu músico favorito mientras me mirabas con una cara que irradiaba felicidad, con esos ojos grises que brillaban incluso más que las estrellas en ese espacio único de tu querida Salamanca.

Cuando volví a mi asiento te regañé por vago. Por no haber vivido tú ese momento. Y es que al final los momentos son únicos y nunca vuelven, por desgracia, especialmente los buenos.

Después de ese rato de silencio, sentada en el banco que más de una vez compartimos, continué mi ruta y aproveché para saludar a don Miguel de Unamuno, que la última vez que lo vi, el 31 de diciembre, estaba muy solicitado. Hoy no. Sólo algún turista se paraba para mirar y hacer una foto a su estatua.

Y así terminó otra mañanita de domingo, en la que no tengo muchas cosas más por contarte y en la que mis ojos otra vez llegaron llenos de lágrimas por lo insoportable que es intentar vivir sin mi amor eterno. ¡Te quiero, papá!

Mañanitas en el campo San Francisco entre versos de Becquer


Mañana del 17 de febrero en el campo de San Francisco

¡Hola, papá! ¿Cómo sigues? Aprovecha el solecito de hoy, que nuestro barómetro aneroide ya tiene la aguja en dirección a lluvia y parece que mañana el invierno va a volver a hacer su aparición después de esta pequeña tregua.

Y como hoy es domingo, y los días se hacen eternos sin tu presencia, decidí ir al campo de San Francisco, un lugar bucólico, romántico, silencioso, rodeado de naturaleza y donde uno puede estar rodeado de una calma difícil de encontrar en la ciudad. Además a esas horas mucha gente aún duerme, porque es su día de descanso o porque la noche fue larga e intensa.

Se me hace muy extraño ir allí sin llevarte cogido del brazo, o sin que el tuyo rodeara mi hombro, a la vez que se te escapaba algún beso. Los niños jugaban en el parque en el que tantas veces de pequeña yo también jugué. Felices balanceándose en su columpio, mientras mi mente se trasladaba a mi infancia, una etapa de mi vida que no se puede olvidar cuando has tenido un padre que se ha encargado de que fuera única, especial y donde además de tiempo para la diversión, también lo había para los paseos culturales y para que conociéramos cada uno de los rincones de tu amada Salamanca.

Por eso fui allí. Para contarte que en el campo San Francisco todo sigue prácticamente igual. Parece que el tiempo se hubiera parado hace muchos años. Los bancos de piedra, los árboles enormes y me atrevería a decir que centenarios, las enormes sombras para refugiarse del sol en los días de verano. Todo. Sólo faltabas tú.

Así que aprovechando la generosidad del astro rey, me senté un rato en uno de esos bancos y cogí mi móvil para ver lo que había pasado por el mundo. Entonces encontré que se conmemoraban los 183 años del nacimiento de uno de tus referentes literarios: Gustavo Adolfo Bécquer, cuyos libros ocupan un lugar especial en las estanterías de casa.

Y pensé que era el sitio perfecto y el momento perfecto para recordar alguna de sus ‘Rimas y leyendas’ y rememorar una frase que ya dudo si te encajaba a la perfección, porque aunque siempre fuiste un bohemio, soñador y excepcional escritor, sabías de sobra que la literatura hoy en día es un negocio, puro interés, donde, salvo excepciones, lógicamente, lo que prima son las obras escritas por autores anónimos que firman otros de ‘reconocido’ prestigio, plagios descarados, que no hace falta que te recuerde o juntaletras de medio pelo que salen en televisión.

Pero quiero recordar esa frase, que Bécquer dijo cuando ya agonizaba, porque si hubieras sido contemporáneo, quizá hubiera salido de tu boca: “Si es posible publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo”.

Otro genio, como tú. ¡Te quiero, papá!

P.D: Seguro que te hubiera gustado más una foto en la que se viera mi cara, pero la luz de mi mirada se apagó el 15 de diciembre y sólo brillan cuando las lágrimas comienzan a brotar. Estoy luchando por recuperarla, pero dame un poco de tiempo, mi amor.

Los platos de cuchara de mamá y el ‘bendito’ pollo asado


¡Hola, papá! Qué difícil es la vida sin ti. No te lo puedes imaginar. Perdona. Hoy no te he preguntado que cómo va todo por allí. Supongo que bien. Allí tendrás una panda de amigos con quien podrás tomarte un vino y un buen plato de cuchara, de esos que mamá te preparaba y tú te rechupeteabas los dedos.

Lo que te gustaba un buen cocido, un potaje (como el de la foto), unas alubias ‘pedorreras’, un arroz caldoso… Aún te imagino sentado en tu silla del salón esperando a que llegaran las dos de la tarde para saciar tu apetito.

Éramos los dos iguales en muchos de nuestros gustos o no gustos culinarios. Es imposible pasar por una tienda de pollos asados y no pensar en ti. Y en la que montábamos en casa cuando mamá y Marta querían comer ese ‘delicioso’ manjar que nos ponía el estómago del revés. Tú empezabas con tus arcadas y yo directamente ese día prefería hacer ayuno por lo menos hasta la merienda.

Y es que lo de comer con la cabeza nunca fue bueno, pero lo nuestro no tenía remedio. Nos pasaba exactamente si un día teníamos que hacer recados en el mercado y pasábamos por el mercado. Prohibido mirar si no queríamos pasar un mal rato.

¿Recuerdas nuestro viaje relámpago a Tanger? Este lo contaré otro día con más calma, porque fue de lo más divertido. Sólo recuerdo cuando el guía dijo que íbamos a uno de los lugares más típicos de la bonita ciudad marroquí. Y nada más entrar, y comenzar a ver las vacas, muchas de ellas cubiertas de moscas, cerraste los ojos, te agarraste a mí espalda y me pedista que te guiara (cual lazarillo) hasta la salida.

Lo mejor es que cuando llegamos al restaurante, nos tenían de menú pincho moruno y entonces fue el no va más. Menos mal que coincidimos con un amigo de estómago agradecido que se comió lo suyo y lo nuestro. Te quedaste con tanta hambre que al final te bebiste hasta la infusión. Y eso sí que me dejó alucinada, porque jamás te gustó ni eso ni el café.

Aquí estamos disfrutando de una primavera anticipada, que parece que termina el lunes, un sol que está dando vida a tus rosales y que hace los días tristes un poco más llevaderos. ¡Te quiero, papá! ¡Buen apetito!

La ‘loca’ que se baño en La Concha en pleno mes de febrero


Yo, el 15 de febrero, bañándome en La Concha, a diez grados de temperatura

¡Hola, papá! Hoy hace ya dos meses que te fuiste para siempre. Y todavía no me lo creo. Esta mañana me fui a pasear por tu calle, Alarcón, y te imaginaba por allí correteando, jugando a las ‘dreas’ (combates de tirar piedras) con los amigos y los que no lo eran tanto y haciendo alguna de las tuyas.

Hoy, también, hace un año que terminaba nuestro viaje soñado, el que te llevó a San Sebastián y a Deba. Y después de 3 días frío, lluvia y el típico tiempo del norte que te encantaba, el 15 de febrero amaneció con un solecito que poco a poco fue subiendo el termómetro hasta los 10 ó 12 grados.

Para tu sorpresa, en mi maleta había guardado mi bikini, porque tenía claro que después de cuatro años sin pisar la playa, en cuanto templara un poco me iba a dar un reconfortante baño en el mar (heredé el amor por ese gran río de agua salada de ti).

Creo que cuando me viste preparada para bajar a darme el chapuzón no dabas crédito a tus ojos. Y me dijiste que estaba loca. Sin embargo, saliste a tu terraza del hotel Londres para no perderte ese momento.

Y así lo hice. Llegué, me quité los leggins, la chaqueta de punto grueso y sin pensarlo dos veces me sumergí en el agua. A medida que iba adentrándome para saltar olas, dejaba de sentir los pies, las piernas, el abdómen, pero no importaba. Era mi momento de gloria. Sabía que no iba a volver al mar en mucho tiempo.

Regresé a la habitación y tú seguías sin dar crédito, aunque en el fondo sé que te daba un poco de envidia, porque tú también hubieras querido volver a sumergirte en las aguas del Cantábrico. Luego se convirtió en la mejor anécdota del viaje. Creo que se lo contaste a cientos de personas. Con una tremenda sonrisa en la boca.

Rebuscando en mi álbum particular, y con unas fotos espectaculares de la noche donostiarra, encuentro el texto que las acompañaba, en el que os daba las gracias a mamá y a ti por ese viaje mágico y pedía que ojalá lo repitiéramos pronto. De hecho ya tenías reservada tu terraza para volver ahora en abril.

Pero el destino es… diría que una palabrota, pero no voy a hacerlo. Me quedo con lo feliz que fuiste esos cuatro días. Mejor… que fuimos, porque yo estaba radiante viéndote en una tierra tan hermosa.

Termino ya poniéndote un poco al día de cómo andan las cosas por el país. Al final habrá elecciones el 28 de abril. En temas políticos no vamos a adentranos más, porque rompe el encanto de cualquier historia. Te dejo, mi amor. Recuerda que como te dije hace un año y te repito a todas horas ¡te quiero!

Sólo muere el que es olvidado, y tu legado es eterno


libro

¡Hola, papá! ¿Qué tal sigues? Hace un día precioso, como habrás visto desde ese privilegiado lugar que tienes en la eternidad. El sol ilumina cada las calles, aunque mi sol se apagó hace ya más de mes y medio.

No pienses que ayer se me olvidó escribirte, nada más lejos de la realidad. Tenía que buscar un nombre para este blog y quería que fuese especial, como tú. Ahora ya está decidido y te voy a tener en vilo un rato hasta que lo veas. Seguro que te gustará, porque te define a la perfección.

Me sonrío porque hace un poco abrí Twitter y hoy todo el mundo habla de ‘El Clásico’. Esa palabra que tanto le removía las tripas a un purista de la lengua como tú para definir un partido entre el Real Madrid. Para ti un clásico es ‘El Quijote’, ‘La Regente’ o ‘Luces de Bohemia’ (por citar tres sólo de los muchos que te encantaba releer de vez en cuando.

Y hablando de libros, como siempre en mis melancólicos paseos matinales, pasé por el escaparate de una librería en la Gran Vía y vi una taza con tu nombre, que lógicamente me sorprendió y me hizo saltar las lágrimas. Ponía: “Ignacio: Bajo la apariencia de un tipo duro se esconde un verdadero héroe”. Otra vez la palabra héroe. 

Y es que aunque al final te fuiste, lo hiciste como un valiente, luchaste, pero tanto sufrimiento no era soportable.

Pero intento dejar la melancolía a un lado para contarte algo que te hará feliz. Cuando camino a la caja, la vista se fue hacia uno de los mostradores. Allí lucía en primer planto tu callejero, ese en el que pusiste tantas ilusiones y al que te entregaste en cuerpo y alma durante 7 años, sin apenas dormir, porque te apasionaba el proyecto y querías que viera la luz cuanto antes.

Mi sorpresa fue aún mayor cuando al ir a pagar me encontré con Cele, uno de tus amigos de ‘Cervantes’, la librería donde tantas horas pasaste mirando libros y donde adquiriste muchos de los 4000 libros que hoy llenan las estanterías de tu casa.

Un auténtico orgullo como hija ver que al final tu legado es patrimonio de la Humanidad, porque las personas pasan, pero sus obras quedan. Y la tuya estará ahí para siempre. Gracias, papá. ¡Te quiero!

 Esa palabra que tanto odias para definir un partido entre el Real Madrid y Barcelona. Para ti un clásico es ‘El Quijote’, ‘La Regenta’

Por San Blas y el resto del año la cigüeña verás


¡Hola, papá! ¿Como sigues? Sé de sobra que no te has olvidado de que hoy es San Blas. Un día en el que las protagonistas las cigüeñas, esas aves cuyo vuelo te embelesaba y a las que podías pasarte horas mirando.

¡Cuántas veces deseaste ser cigüeña para poder volar y ver desde tanta altura tu amada Salamanca! Seguro que desde el cielo, incluso, las puedes acariciar con esas delicadas manos que también agarraban las mías cuando juntos veíamos algún nido.

Y ese amor por las cigüeñas se convirtió en una auténtica locura. Como nunca sabíamos qué regalarte por tu cumpleaños o por el día del Padre o simplemente por que sí, porque eres el mejor papá del mundo, hizo que ahora tu casa siga llena de ellas. En la terraza, colgadas en tu despacho, en tus camisetas…. Si es que es imposible recorrer un metro sin que algo me recuerde a ti. He elegido la veleta que luce en nuestra terraza como porque sigue siendo una guía para mí, que siempre fui bastante torpe para distinguir los puntos cardinales, lo mismo que la derecha y la izquierda.

Así que por San Blas, como dice el refrán, yo he visto no una cigüeña, sino decenas. Ahora con el frío no me apetece mucho bajar para la zona antigua, pero me han dicho que por allí sí están. En realidad, como bien decías, creo que se quedan aquí prácticamente todo el año. Quizá porque saben que su vuelo mágico te fascina.

Seguro que recuerdas a Barsanufia, la cigüeña de madera gigante que te regalamos y que está en el taller de reparaciones otra vez. Le pusiste ese nombre porque fue un regalo de cumpleaños y tú naciste el día de San Barsanufio. Siempre dabas gracias porque tus padres no te bautizaran con el nombre del día (y yo también). Más que nada, porque como le contabas a la gente, luego hubieras acabado siendo Barsa. Igual a alguno le acabamos de dar una idea, pero nosotros pasamos de fútbol. De hecho la noche que nos decían que había partido importante, cambiábamos nuestra ruta para tomar nuestra cerveza o vino diario a un lugar sin televisión.

Pero como en 45 años y 24 horas al día juntos nos han pasado tantas cosas, se me ha venido a la memoria una tarde que bajábamos en mi coche a llevar a Barsanufia a la tienda de la calle San Pablo, porque la pobre había sufrido otro accidente casero.

Para tu sorpresa y mi alegría, cuando llegamos al final del paseo de Canalejas vimos un pequeño revuelo de gente. Y lógicamente paré el automóvil para ver qué sucedía.

Nada grave, por fortuna. Todo lo contrario. Más bien un momento que disfrutaste como pocos. Una cigüeña no podía o no quería, simplemente, levantar el vuelo y se puso a cruzar por el paso de peatones una y otra vez, tranquilamente, sin darse cuenta de la que estaba liando. ¡Madre mía! ¡Qué caos de tráfico!

Un señor se convirtió en su guardaespaldas e iba parando los coches para que no le pasara nada y, lógicamente, tú no podías ser menos. Con una sonrisa gigante en la cara ibáis los tres de un lado para otro hasta que se cansó y se posó en el jardín del hotel San Polo. Allí se quedó unos minutos, mientras tú la mirabas con esos ojos grises, curiosos, que seguramente la enamoraron igual que me tienen enamorada a mí.

Cuando entre todos conseguisteis que volviera a volar, te subiste al coche, completamente pletórico por ese momento que te regaló, perdón, nos regaló la vida. Porque no hace falta que te diga que lo que te hacía feliz a ti, a mi me lo hacía mucho más.

Caminando tranquilamente esta soleada mañana de domingo he pasado por San Marcos y he aprovechado que estaban allí los señores vendiendo gargantillas para hacer una foto y ver qué bonita luce nuestra iglesia redonda, por la que pasábamos todos los días y donde yo recibí mi bautismo.

Bueno papá. Espero que te guste la imagen. Te dejo que sigas buscando cigüeñas por ahí arriba. Y me despido como cada día. Con un ¡te quiero! tan grande y un beso infinito. que sé que ahora mismo sientes en tu mejilla.

Los arco iris de Mariko que ponen color a cada día sin ti


¡Hola, papá! ¿Cómo sigue todo por allí? Aquí vamos poco a poco superando el dolor, que no el olvido, gracias al recuerdo maravilloso que tiene de ti la gente y las numerosas muestras de cariño que estamos recibiendo de personas esperadas y otras que logran sorprenderte.

Mariko, tu ‘hija’ japonesa, va a venir a verte en marzo. Como nadie esperaba ese desenlace tan rápido, ni tan siquiera quise preocuparla diciéndole que estabas malo. Fue tu última noche, cuando ya te quedaban horas para el adiós definitivo cuando Marta se dio cuenta de que no le habíamos dicho nada.

Le escribimos y sólo le dijimos que estabas muy malito para no disgustarla mucho. Inmediatamente se puso a buscar niñera para que se quedara con sus dos hijos y venir a estar a tu lado, pero sabiendo lo lejos que está Japón, no quedó otra que decirle la verdad, que tu muerte era cuestión de horas y que no iba a llegar ni a velarte.

Ella, guapísima como siempre, escribe muchos días para expresar su tristeza, porque tú también eres su ‘papá’ y nos envía fotos maravillosas de estos días en Hawai. Imágenes y vídeos de unos arco iris cautivadores, de esos que te dejarían con la boca abierta. Yo creo que ella, igual que yo, te imaginamos allí sentado, rodeado de luz y de color, porque desprendías y desprendes mucha luz en mi vida.

No te voy a decir que no se me saltan las lágrimas, aunque cada día intento cambiarlas por sonrisas para que tú me veas lo más feliz posible a pesar del vacío infinito que tengo en mi corazón.

Pero como siempre estoy con el mismo rollo, y sé que esto te va a gustar cuando lo leas, esta mañana salí a dar un paseo y me encontré con Jose, el del Cava. Había ido por allí un señor preguntando si había alguna manera de localizarnos. Y le dijo que algunas tardes solemos ir por allí. A eso de las nueve apareció un hombre de complexión fuerte, alto y pelo y barba cana. Con gesto serio vino hacia nuestra mesa y se presentó. ¿A qué no adivinas quién era? Julián. Tu buen amigo de Sequeros. Se lamentaba de haber visto la esquela el domingo por la tarde, cuando ya no llegaba a darnos el pésame.

Y allí estuvimos hablando de vuestras épocas mozas, de Oviedo, o mejor Vetusta, como te gusta llamarla a ti, y recordando la maravillosa persona y amigo que fuiste. De hecho, no te imaginas la cantidad de gente que me para por la calle o me escribe para decirme que tuve, y tengo en mi mente y en mi alma, al mejor padre del mundo.

Sabes, papá, al final aunque esto sigue doliendo mucho me enorgullece que la gente te recuerde como un gran hombre. Yo te recuerdo como la persona más maravillosa con la que he tenido el placer de compartir 45 años de mi vida.

Por aquí sigue haciendo un frío que pela, como decimos los de esta tierra, y se me quedan las manos casi sin temperatura, a pesar de estar tecleando el ordenador para tenerte al día de cómo están las cosas.

Nada más por hoy, mi amor. Te dejo que sigas trasteando por donde quiera que estés. Te lo repito una vez más, papá: ¡Te quiero! Y cada día que pasa un poco más. Y es que si hay amores eternos el nuestro está el primero en la lista.

Tu primer colegio, las gafas rotas y el ‘pos se me olvidó’


Tu colegio, papá

¡Hola, papá! ¿Cómo va el día? Como cada mañana que puedo salgo a pasear, ya sabes que últimamente no me gusta mucho estar en casa. Prefiero que el aire gélido del invierno acaricie mi cara y despeje un poco mi empanamiento mental.

Así que hoy mamá quería que le fuera a buscar el periódico (quitamos la suscripción cuando te fuiste porque tú eras el que realmente disfrutabas leyéndolo y no lo cogías sólo para ver los sucesos y las esquelas, como hace ‘la parienta’).

Como nunca tengo rumbo definido, simplemente me dejo llevar por los pies, estaba pensando donde comprar el pan, pero pan rico. No esa especie de chicle precocido que tú odiabas y yo también. Y me acordé de un kiosko cercano a la calle Toro donde podía hacer ambos recados.

Caminaba por allí con las manos en los bolsillos, porque se me olvidaron los guantes, cuando las voces de unos niños llamaron mi atención. Y me giré. Entonces me dí cuenta que estaba pasando por tu colegio, en el que empezaste a ser el hombre sabio, culto, intelectual en el que te convertiste.

Los niños celebraron el día de la paz al son de ‘Imagine’

De fondo sonaba ‘Imagine’, de John Lennon, y es que hoy es el Día Mundial de la Paz. Y lógicamente mi cabeza comenzó a imaginar, mejor dicho, a imaginarte.

De repente me acordé de aquella anécdota que contabas una y mil veces con una sonrisa en la boca. Como eras un poco ‘trasto’, una mañana, durante el recreo, le rompiste las gafas a un niño. Tenías miedo de contarlo en casa, porque seguramente que la abuela te iba a castigar, y tampoco querías volver al cole, porque te iba a caer una buena regañina.

Así que durante varios días, a pesar de que tu madre te dejaba en la misma puerta del centro escolar, tú te esperabas a que desapareciera y te refugiabas en unas escaleras cercanas esperando a que llegara la hora de volver a casa.

Un secreto que nadie conocía hasta que una mañana pasó por allí tu vecina Gabi y, lógicamente, se lo fue a contar a tu madre, que rauda bajó al lugar y te preguntó que por qué no habías entrado a la escuela. Como ya apuntabas maneras de genio, le respondiste: ‘Pos se me olvidó’.

Al final no te libraste del castigo y, aunque no recuerdo que lo contaras, supongo que también te dieron algún cachete. ¡Qué ocurrencias!

Luego ya dejabas la parte graciosa para contar la seria. La de los ‘cabrones’, como tú mismo los definías, que olvidaron una granada de la Guerra Civil en el patio, y que nadie sabe cuánto tiempo llevaba allí camuflada. Hasta que una mañana de recreo algunos de los chavales que compartían juegos contigo vieron una objeto extraño que llamó su atención, tiraron de él y les explotó. Fatal desenlace que terminó con la vida de varios de ellos, dos de tu pandilla (sé que tienes guardado el recorte por ahí y cuando pase un poco más tiempo lo buscaré).

Cuántas anécdotas para contar. Y lo mejor era cómo lo hacías. ¡Gracias, papá por todo lo que aprendí contigo! Y no lo olvides nunca. Por mil años que pasen ¡te quiero!

San Valero llega este año con una ciclogénesis explosiva


¡Hola, papá! Hoy es San Valero. ¿Recuerdas? Aunque ya hace muchos años que no íbamos a la fiesta de ese pueblo que te hizo enloquecer de belleza una noche de verano mirando su cielo, sí es cierto que unas cuantas tardes de frío pasamos allí viendo el primer festival taurino del año en la provincia.

Después, cuando terminaba, era la hora de ir a disfrutar de una buena merendola en el bar Canete. Y un vino de la sierra para que entrara en calor el cuerpo. ¡Qué tiempos aquellos! ¿Verdad?

No sé si desde ahí arriba se siente, o si incluso eres tú el que está soplando y provocando este vendaval que deja un ambiente gélido en la calle y lluvia. Un temporal de los de toda la vida, que hace ya algunos años alguien decidio denominar como ‘ciclogénesis explosiva’. Un buen titular para abrir informativos y periódicos en el caso de que no haya noticias más importantes. Y la verdad es que todos los días, varias veces, abro Twitter para ver “qué ha pasado por el mundo”, como si me lo siguieras pidiendo y estuvieras a mi lado leyendo la noticia.

La verdad es que no hay mucho que contar. Seguimos con el fútbol, los presupuestos sin aprobar y aún colean historias de la trama Gürtel. El cuento de nunca acabar.

Un día como hoy, nublado, lluvioso, con tu veleta en forma de cigüeña sonando sin cesar no ayuda mucho a que mi ánimo crezca, aunque la gente se empeña en repetirme una y otra vez que a ti no te gustaría verme así.

Yo también tengo ganas de levantarme una mañana y sonreír, que mis ojos vuelvan a recuperar el brillo que tenían cuando ibas agarrado de mi hombro y de pensar que me estás esperando allí arriba para darme ese beso infinito que tanto añoro, pero creo que es algo que va a tardar.

Lo siento, papá, que sólo me veas llorar, que no quiera ni pasar por el salón y que mis historias no sean más divertidas. Supongo que vendrán tiempos mejores, aunque lo único que tengo claro es que el vacío que has dejado en mi corazón no lo va a llenar nadie.

Te dejo, mi vida, que hoy no estoy muy comunicativa, como verás. Ahora, en breve, cogeré nuestro paraguas del hotel Londres, mis botas, mi abrigo y mis guantes y me iré a dar un paseo a ver si sobrevivo a la ‘ciclogénesis explosiva’ . No lo olvides nunca, mi amor: ‘Te quiero’.

‘Mi héroe’, un conciertazo, el misterio del pañuelo desaparecido y Julen


¡Hola papá! Hoy estreno dominio, así que perdona que el blog este hecho un poco desastre, pero era necesario hacerlo. Lo iré mejorando poco a poco. Ahora se acumulan las entradas y parece que te llevo escribiendo 24 horas, cuando en realidad ya son dos semanas las que llevamos compartiendo esas cosas que te contaba cada día y ahora ya no puedo hacerlo.

Ayer fue a mi primer concierto después de perderte. El de Antonio Orozco. A tí no te hubiera gustado, porque no coincidíamos demasiado en gustos musicales, pero tenía la entrada desde principios de diciembre y era un cantante al que quería ver desde hace tiempo. Me imagino tu comentario cuando lo hubieras sabido. “Ya vas a ver otro sopazas”. Y yo me hubiera reído y te hubiera dejado refunfuñando.

Total, al final eras feliz si a mí me veías feliz. Aunque bien es cierto que lo de ayer distó bastante de la felicidad. Me senté en mi asiento, sola (aunque eso es lo de menos, porque últimamente me gusta demasiado la soledad) y a los 10 minutos se iluminó el escenario y apareció un cartel, en una pantalla tipo cine, donde se podía leer: “Los heróes son héroes porque no saben que lo son”. Y entonces comenzaron a sonar las primeras notas de la canción que yo tarareaba desde la primera ve que la oí y que siempre te dediqué; ‘Mi héroe’ (aquí te la dejo para que la escuches con calma).

Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, los apreté con fuerza y comencé a visualizar imágenes que había vivido junto a tí. Después llegó el ‘Devuélveme la vida’ y otro poco más de lo mismo.

Y yo que me había puesto toda guapa y me había pintado los labios de rojo, que sabía que te encantaban…

Pero lo más extraño de la noche fue que antes de salir de casa, como no encontré pañuelos de papel, fui a tu mesilla y cogí uno de los que te había regalado este verano para secar mis lágrimas. Lo tuve todo el rato conmigo, pero al ir por la calle de camino a casa lo empecé a buscar y no apareció. Se quedó allí, en el asiento 10 de la fila 7, donde volvimos a revivir tantas cosas bonitas. Y es que yo creo que al final no querías que yo tuviera ese recuerdo de una noche tan complicada y alguna trastada harías para que se me cayera.

Cuando llegué, puse la televisión, como cada noche, y vi una noticia que hasta ahora no te había contado porque siempre queda un hilo de esperanza hasta que se confirma lo peor. Hace 10 días, un niño de nombre Julen, y de sólo 2 años, se cayó a un pozo. Después de excavar y de acceder a un sitio muy difícil de llegar, otros héroes, aunque seguramente desolados por el final, los que tuvieron el valor de llegar hasta los 80 metros de profundidad donde se encontraba el pequeño, lo encontraron sin vida. Seguro que te has quedado tan conmocionado como lo estamos todos.

Hoy viene a verme una persona muy especial para tí, quizá la más especial: Mónica. Sé que desde arriba brindarás con nosotras y que te daré un poco de envidia, pero te guardaré bien las fotos para que las mires con esos ojos tan hermosos que se te ponían cada vez que la veías. ¡Te quiero papá! Hasta mañana.