Llegó la primavera a la ciudad, todo ha cambiado de color (o casi) con superluna de gusano


primavera
Los árboles, llenos de brotes, ya tiñen de color las calles de tu querida Salamanca.

¡Hola, papá! ¿Cómo sigue todo?

Supongo que hoy estás feliz, porque ahora Mariko, tu ‘hija’ japonesa, te lleva en su corazón y, pese a que siempre juraste y perjuraste que no ibas a montar en avión, en unas horas un trocito de ti, hecho cenizas, cruzará el océano a no sé cuántos miles de metros de altura para que, por fin, puedas ver Japón y saludar a tus ‘nietos’, que tanto lloraron tu pérdida. Continúa leyendo Llegó la primavera a la ciudad, todo ha cambiado de color (o casi) con superluna de gusano

Mañanitas por El Corrillo con don Miguel de Cervantes y su magistral pluma


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¡Hola, papá! ¿Qué tal ha empezado la semana? La mía de locura. Últimamente es un no parar, pero me viene bien despejar un poco la mente. Acabo de abrir Twitter y leo con preocupación que ha habido otro atentado terrorista en Utrech. El mundo está muy loco. Yo creo que los pocos cuerdos que quedabáis estáis por allí arriba (aquí también quedamos algunos, por supuesto) Continúa leyendo Mañanitas por El Corrillo con don Miguel de Cervantes y su magistral pluma

Tres meses sin mi vida y tu memoria que florece cual rosal en primavera


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¡Hola, papá! Hoy sé que también estás feliz. O al menos eso espero. Yo feliz, nerviosa, emocionada, orgullosa y cansada de dar patadas por Salamanca. Continúa leyendo Tres meses sin mi vida y tu memoria que florece cual rosal en primavera

Los ‘fernanditos, el momento más dulce del día y de muchas noches


¡Hola, papá! Hoy he vuelto muy cerca de la casa que te vio nacer. Últimamente me gusta mucho pasear por allí. En cierta manera te siento conmigo. Continúa leyendo Los ‘fernanditos, el momento más dulce del día y de muchas noches

La herradura de la suerte y las herraduras de la muerte


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¡Hola, papá! ¿Qué tal sigue todo por ahí? Aquí con frío y lluvia. Ya lo anunciaba el infalible barómetro aneroide, que siempre nos daba una pista más que fiable de la meteorología. Continúa leyendo La herradura de la suerte y las herraduras de la muerte

Un tipo afable que nunca se cansaba de aprender y buscar en el Archivo Municipal


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¡Hola, papá! ¡Vaya día que ha amanecido! Hace un frío que se mete por los huesos y además llueve. Y lo peor de todo es que tus gorras y tus guantes están aquí. Se me olvidó mandártelos en el pequeño equipaje que preparamos para tu último viaje.

¡Qué cabeza la mía! Espero que por allí alguno de tus amigos, cada día se van marchando más , por desgracia, te presten una, porque ya no recuerdo si te puse algunas monedas por si las necesitabas.

Mi espalda está regular. Ya te dije ayer que no es lo malo el masaje para aliviar las contracturas, sino las horas siguientes. Además, ha sido otra mañana de no parar. Ahora tengo muchas cosas que hacer, entre ellas cuidar a mamá y la verdad es que a veces siento que me faltan horas, especialmente para las gestiones administrativas.

Media mañana perdida en el centro de salud, otra media en Servicios Sociales y luego una visita al Archivo Municipal para un proyecto que ya te iré contando si sale bien.

Y claro, ya sabes que fue llegar allí y recordar las horas que pasaste sentado en sus mesas buscando documentación para el ‘Callejero Histórico Salmantino’. Hoy estaba vacío, pero cuando estaba mirando cada uno de esos rincones, apareció uno de los trabajadores por allí, que lógicamente se quedó extrañado por mi presencia.

Le expliqué que era tu hija y que estaba curioseando la sala porque tú ya no estabas y me gusta ver los sitios en los que tú eras tremendamente feliz. Enseguida me habló de tus libros, de la cantidad de tiempo que pasaste allí y lo que más me gustó es que dijo una gran verdad: “Tu padre era un hombre muy afable y simpático”. No veas la felicidad que se siente cuando la gente te recuerda como una persona así. Él mismo me explicaba que no es lo normal, que hay ‘cenutrios ‘ que ni tan siquiera saludan.

Amablemente me invitó a que volviera si algún día tenía que hacer alguna consulta. Y yo le respondí que si algún día me decido a seguir tus pasos y escribir un libro, estaría encantada de volver allí y ocupar uno de esos asientos.

Sé que me repito mucho, pero es que realmente es un orgullo que los que te conocieron tengan siempre buenas palabras sobre una persona tan increíble como tú, porque aquí no creo en ese epitafio que tanto te gustaba de Enrique Jardiel Poncela que decía: “Si queréis los mejores elogios, moríos”.

Hablando de muertes. Cuando abrí el buzón encontré la última carta del hospital, la de tu fallecimiento. Ahora toca actuar contra todos los que te llevaron al fatal desenlace. Y lo voy a hacer por ti. No sé de donde voy a sacar las fuerzas, pero lo voy a hacer. Tanto sufrimiento, tanto dolor, tantas horas de quirófanos, noches sin dormir, angustia, depresión… Para al final por un cúmulo de negligencias quedarme sin el amor de mi vida.

Te dejo, papá. Si te encuentras con tu admirado Gabo (Gabriel García Márquez) acuérdate de felicitarle, que hoy hubiera cumplido 86 años. Tápate bien esta noche, ya que yo ya no puedo hacerlo. Y recuerda lo que te digo siempre: ¡Te quiero, mi vida!

Sara, la dulce Sara, y la lágrima que brotó de sus enormes ojos por ti


¡Hola, papá! ¿Qué tal ha empezado la semana? La mía bastante ajetreada por cosillas que estoy comenzando a hacer y que ya te iré contando si todo sale bien. Si antes te sentías orgulloso de mí, ahora quiero que te sientas aún más.

Sé que si me estás viendo sabrás con quien he estado hace un rato. Con Sara, la socorrista de la piscina. En cuanto me vio me preguntó por ti. Te quería mucho, como casi todo el mundo. Y cuando le dije que te habías ido, una lágrima comenzó a brotar de esos enormes ojos que mirabas con ternura cuando llegabas allí y te iba a buscar para llevarte cogida de su brazo hasta la tumbona.

No presumías tú ni nada de llevar a la chica más guapa del recinto como ‘bastón’. No te importaba dejarme por un rato para sentarte tranquilamente bajo su sombrilla para hablar de libros, porque a ella también le encanta la literatura.

La verdad es que han pasado casi tres meses y me sigo sorprendiendo. Con algunas personas para bien y con otras para mal, pero me quedo con las buenas.

Los días ya comienzan a ser más largos. Estamos casi en primavera, aunque este año tendrá un color distinto, papá. Ni tan siquiera soy capaz de pensar ahora en eso. Ni en cuando llegue el verano y la época de piscina y tu tumbona esté vacía.

La pena es que no te hiciste ninguna foto con Sara, la dulce Sara, pero bueno, aquí te dejo una en la que seguramente la estabas contemplando. Como seguramente quedemos para hablar un rato y recordarte, le haré una para que veas que sigue igual de bonita. Hoy ni tan siquiera sé decirte lo que ha pasado por el mundo, porque no he parado. Sigue girando, eso sí.

Te dejo, mi amor, que seguramente ya habrás comido y estés deseando que termine de contarte historias para echarte la siesta. ¡Te quiero, papá!

‘La campana del Carnaval’ ya no es un sueño sino una realidad


La campana del Carnaval, fuente de inspiración de tu libro (Imagen:
aredisweb2.wordpress.com )

¡Hola, papá! Hoy ni te pregunto cómo estás, porque sé que no entrarás en ti de felicidad. ‘La campana del Carnaval’, esa maravillosa novela inspirada en la fiesta que tantos y tantos años vivimos juntos, y de la que te sentías tan orgulloso, ha dejado de ser un proyecto. Es una realidad.

No te puedes imaginar cuando esta mañana abrí el correo electrónico y vi que sí, que se publicaba, el vuelco que me dio el corazón. Primero, lógicamente, fueron lágrimas, pero ahora tengo un orgullo y una satisfacción que no se puede describir con palabras.

No hace falta que te lo diga, porque seguro que lo sientes. Mi corazón palpita más fuerte de la emoción y en mi cara por fin se ha dibujado una gran sonrisa.

Va a ser otro ‘hijo’ más, como tú llamabas a tus libros, que pase a engrosar la numerosa familia que ya tienes.

Y como el destino es un poco complicado de entender, la noticia llega a apenas unas horas de que Ciudad Rodrigo se convierta en fiesta, bullicio, encierros, capeas, reuniones de amigos, comidas… Para que esa campana que te inspiró esta novela vuelva a sonar anunciando que los toros ya están sueltos por la calle Madrid.

Bendita campana que cautivó tus oídos y tu pluma para que hoy te pueda dar esta gran noticia, papá. Cuando estabas en el hospital ya te lo decía que lo ibas a conseguir, que te merecías eso y más, aunque como el mundo de la literatura es tan complicado y salvo que tengas verdadero talento, la mayor parte de publicaciones que ven la luz son de hijos de papá o de cualquier Belén Esteban de la vida, tú no acababas de creértelo.

A pesar del dolor de tu marcha, yo no me rendí. Porque sí creo en ti, en que tus manos estaban hechas para firmar auténticas obras de arte en forma de libro. Ha sido tu recompensa y la mía. Tu felicidad y la mía. Tu orgullo y el mío, mi vida.

¡Enhorabuena, papá! Tu recuerdo está más vivo que nunca y tu legado sigue creciendo, porque hay una frase que siempre me encantó: ‘Sólo muere aquel que es olvidado! Y lejos de olvidarte, tienes mucha gente que te recuerda, te admira y te echa de menos.

¡Te quiero infinito, papá!

Ochenta años sin San Antonio Machado y mi primera gripe sin tus cuidados


La tumba de ‘San Antonio Machado’, en Colliure

¡Hola, papá! ¿Cómo va todo? Espero que mejor que por aquí. Desde que te fuiste todo el mundo me dice que sobre todo el primer año voy a pasar días malos: tu cumpleaños, San Ignacio, el Día del Padre… Pero hoy no es ninguna festividad especial y también te echo de menos.

Tu muerte minó mi apetito y creo que también mis defensas y ahora mismo te escribo con casi 38 de fiebre y, como bien sabes, un dolor de tobillos impresionante (que nadie piense que estoy loca, pero desde niña a medida que mi temperatura corporal aumenta, esas articulaciones se convierten en auténticas losas de plomo que me dejan exhausta).

Y estoy aquí, en mi cama, con tu ordenador, pensando en cuando venías a ponerme el termómetro, te sentabas junto a mí y pasábamos este rato tan malo juntos, charlando de cualquier cosa, y tú constantemente pendiente de si necesitaba algo, lo que fuera. Por suerte nunca necesité nada más que un par de antigripales y unos reconfortantes besos para al día siguiente estar como nueva, pero hoy sólo tengo una caja con pastillas para quitar la fiebre y una botella de agua para no deshidratarme. Miro la puerta de mi habitación sabiendo que ya nadie va a venir a sentarse en mi cama para ver si sigo mejor y te puedo prometer que no hay consuelo.

Pero vamos a cambiar de tema. La gripe se pasará y quizá mañana esté ya recuperada. Estoy segura de que no hace falta que te recuerde que hoy hace 80 años que falleció San Antonio Machado, como tú le llamabas. Y sé que en ese calendario con anillas que está en tu despacho, si tuviera valor para ir pasando páginas, lo tendrías apuntado entre las fechas importantes, pero la última vez que lo consultaste fue el 6 de octubre y desde entonces he decidido dejar parado el tiempo ahí.

Por un día, Twitter te hubiera encantado. Tu admirado escritor lleva siendo tema del momento todo el día. Y la gente lo está recordando con el hashtag #Machadoenuntuit. Cada uno va colgando una frase o un párrafo de ese legado, también eterno, que dejó a la humanidad.

Y aunque no te lo creas, el primero que me ha aparecido, ha sido uno que tú solías utilizar con frecuencia, porque realmente lo pensabas así. “En España, de cada diez cabeza nueve embisten y una piensa”. De repente te he imaginado pronunciándola y una tímida sonrisa se ha dibujado en mi cara, ahora siempre con ojeras, la mirada perdida y una lágrima asomando.

Después, he seguido leyendo y he encontrado esta otra que te encantaba recitar, de memoria, por supuesto, porque para ti Machado era un referente, y con la que hoy quiero cerrar este post:

“Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar”.

¡Te quiero, papá!

El empleado rebelde que duró un día atendiendo clientes en su primer trabajo


¡Hola, papá! ¿Qué tal va todo? Por tu casa pocas novedades. Los rosales siguen brotando y ya tengo ganas de que empiecen a echar flores. Por tu Salamanca querida las cosas también están tranquilas. No tanto en España, donde Pedro Sánchez ha publicado ya su libro (no te dés muchos cabezazos contra las paredes) y un tal Palomo Linares, hijo de su padre, también se dedica ahora a juntar letras.

El panorama político está calentito y ayer Pablo Casado invitó al presidente del Gobierno a ir embalando su colchón, que por lo visto fue lo primero que hizo cuando llegó a la Moncloa para que no se le pegara nada de Rajoy. ¡Qué país!, como dirías tú.

Después de ayer, donde mi pena me llevó a escribir una entrada demasiado bucólica, hoy quiero que los que me leen conozcan de nuevo tus cosas más divertidas. Y como cada día, siempre brotan cuando voy de paseo matinal para intentar despejar un poco la cabeza.

Pasaba yo por Unicaja, lo que antes era la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca y no pude menos que acordarme de ti, pero con una sonrisa, como la que se te ponía cuando contabas a la gente una de tus primeras experiencias como trabajador de una entidad que si ya era irreconocible desde hace años, no te puedes imaginar cómo está ahora.

Cuando comenzaste a trabajar, el director decidió ponerte en ventanilla para que atendieras al público, pero no se dio cuenta de que por aquel entonces eras un hombre serio, me atrevería a decir que poco simpático.

Así que llegó uno de tus primeros clientes y supongo que sería de estos señores que van al banco a pasar la mañana (lo justo para ti). En un momento determinado sé que terminó con tu paciencia y no le contestaste de la forma políticamente correcta. El señor, indignado, te dijo que quería hablar ahora mismo con el director. Quizá se pensó que te iba a asustar o algo así, pero tú, con ese carácter tan fuerte, y sin que te temblara la voz, le indicaste: “Primera puerta a la derecha”.

Lógicamente que fue para allá a comentar el altercado. Al día siguiente pasaste al departamento de personal. Y allí estuviste muchos años, casi hasta la jubilación, en el que te encargaron escribir la ‘Historia de Caja Duero’ y te sentiste pleno, porque todos sabemos que trabajar en banca fue la manera de mantener holgadamente a tu familia, pero lo que siempre te gustó fue la literatura, un camino que te forjaste tú solo a base de mucho leer y de horas en tu máquina de escribir. Autodidacta, meticuloso, cautivador y con tanta garra que llegaste a la final del premio Planeta.

¡Qué orgullo de padre! Nada más por hoy, cariño. ¡Te quiero!