Mañanitas de domingo en la casa de tu infancia y juventud


Tú en el centro de la imagen cogiendo por el hombro a tus padres, Piedad y Enrique. Detrás, tus hermanos Ángel (izquierda), Enrique y Delia.

¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Hoy es Domingo de Carnaval y ya aprovecho para decirte que ayer en Miróbriga hubo dos heridos por asta de toro. Salamanca está casi vacía. Es época de vacaciones para los niños y mucha gente también se ha ido a disfrutar de esta fiesta que nosotros vivimos durante décadas.

Ya sabes que los domingos los aprovecho para darme paseos a esos lugares donde tu recuerdo permanece aún más vivo. Dejo que sean mis pies y mi corazón los que me sirvan de guía. Y así, caminando, lento, llegué a la calle Alarcón. Tu calle. Donde naciste, donde creciste y muy cerca de donde luego te dimos el último adiós.

El portal de la casa donde nació y creció mi padre, en la calle Alarcón.

Fui caminando hasta tu portal y toqué el timbre para ir a ver a Delia, tu hermana. Cuando abrió la puerta no nos hizo falta decir nada. Ella empezó a llorar y yo tampoco pude contener mis lágrimas. Nos fundimos en un abrazo y fue entonces cuando por mi cabeza comenzaron a pasar mil imágenes y mil historias.

En el salón siguen las mismas fotos que cuando íbamos de pequeñas a ver a la abuela, pero ahora las miro de forma diferente. Hubo una que me gustó especialmente, y que te voy a dejar aquí, porque sé que a ti también te gustará verte con tus padres y tus hermanos cuando tu eras un ‘mocoso’, eso sí, guapo a rabiar. Ya en la imagen destacaban tus inolvidables ojos grises.

Y viendo esa foto me vino a la cabeza una historia que me contaste decenas de veces. Y que hoy quiero compartir con todos los que siguen este pequeño tributo a Nacho, a mi ‘pituco’.

Cuando tú eras pequeño, evidentemente, las casas eran de planta baja. Y en la tuya había un patio, donde ya, a tan temprana edad, te gustaba tumbarte en las noches de verano para contemplar las estrellas, esas que ahora enciendes y apagas cada día.

La abuela, Piedad, había comprado un pollo para la comida del día siguiente. Y antes a los pobres animalitos los vendían vivos. Así que tu madre estaba en la cocina, cogió el cuchillo y le tenía que dar el corte en el cuello. Pero el ave quiso escapar a la muerte y saltó de la cocina para empezar una carrera en busca de la salvación.

Tú, que disfrutabas plácidamente del anochecer, oíste el ruido, pero lo que menos te imaginabas es que en su huída despavorida iba a pasar por encima de ti y te iba a salpicar con su sangre.

Después de ese momento, dudo bastante quién ganó la carrera hasta la calle. Desde entonces tú jamás volviste a probar el pollo. Es más, sólo con oír hablar de ese plato comenzaban a darte arcadas. Fue otra de las cosas que yo también heredé. Cada vez que en casa se pedía un pollo asado, colocábamos una especie de separador en la mesa, de suerte que no viéramos nada si es que queríamos probar bocado.

Ahora mismo sonrío imaginándote. Pero mis días son así. De sonrisas y lágrimas. Todavía más lágrimas que sonrisas. Pero es inevitable, papá. Cuando uno ama con la locura infinita con la que te quería y te quiero, el adiós definitivo es devastador.

Pero bueno. La vida sigue. No es lo mismo sin ti, pero no queda otra que seguir adelante. Acuérdate que tienes que ayudarme a elegir una portada para tu libro. Sé que en cualquier momento me vendrá una imagen a la cabeza y diré: “Esta”. Porque tú me las habrás puesto ahí.

Te dejo, mi amor. Que pases una buena tarde de música y chirigotas, de fiesta y de algarabía. ¡Te quiero, papá!

La ‘loca’ que se baño en La Concha en pleno mes de febrero


Yo, el 15 de febrero, bañándome en La Concha, a diez grados de temperatura

¡Hola, papá! Hoy hace ya dos meses que te fuiste para siempre. Y todavía no me lo creo. Esta mañana me fui a pasear por tu calle, Alarcón, y te imaginaba por allí correteando, jugando a las ‘dreas’ (combates de tirar piedras) con los amigos y los que no lo eran tanto y haciendo alguna de las tuyas.

Hoy, también, hace un año que terminaba nuestro viaje soñado, el que te llevó a San Sebastián y a Deba. Y después de 3 días frío, lluvia y el típico tiempo del norte que te encantaba, el 15 de febrero amaneció con un solecito que poco a poco fue subiendo el termómetro hasta los 10 ó 12 grados.

Para tu sorpresa, en mi maleta había guardado mi bikini, porque tenía claro que después de cuatro años sin pisar la playa, en cuanto templara un poco me iba a dar un reconfortante baño en el mar (heredé el amor por ese gran río de agua salada de ti).

Creo que cuando me viste preparada para bajar a darme el chapuzón no dabas crédito a tus ojos. Y me dijiste que estaba loca. Sin embargo, saliste a tu terraza del hotel Londres para no perderte ese momento.

Y así lo hice. Llegué, me quité los leggins, la chaqueta de punto grueso y sin pensarlo dos veces me sumergí en el agua. A medida que iba adentrándome para saltar olas, dejaba de sentir los pies, las piernas, el abdómen, pero no importaba. Era mi momento de gloria. Sabía que no iba a volver al mar en mucho tiempo.

Regresé a la habitación y tú seguías sin dar crédito, aunque en el fondo sé que te daba un poco de envidia, porque tú también hubieras querido volver a sumergirte en las aguas del Cantábrico. Luego se convirtió en la mejor anécdota del viaje. Creo que se lo contaste a cientos de personas. Con una tremenda sonrisa en la boca.

Rebuscando en mi álbum particular, y con unas fotos espectaculares de la noche donostiarra, encuentro el texto que las acompañaba, en el que os daba las gracias a mamá y a ti por ese viaje mágico y pedía que ojalá lo repitiéramos pronto. De hecho ya tenías reservada tu terraza para volver ahora en abril.

Pero el destino es… diría que una palabrota, pero no voy a hacerlo. Me quedo con lo feliz que fuiste esos cuatro días. Mejor… que fuimos, porque yo estaba radiante viéndote en una tierra tan hermosa.

Termino ya poniéndote un poco al día de cómo andan las cosas por el país. Al final habrá elecciones el 28 de abril. En temas políticos no vamos a adentranos más, porque rompe el encanto de cualquier historia. Te dejo, mi amor. Recuerda que como te dije hace un año y te repito a todas horas ¡te quiero!