El valor de las pequeñas cosas que no apreciamos hasta que nos faltan


gymsinti
Recuperando la rutina del entrenamiento diario y reflexionando sobre las pequeñas cosas de la vida.

¡Hola, papá! ¿Cómo va todo por ahí? Por aquí inmersos en plena campaña electoral y procesiones, debates, discursos, promesas, capuchones, velas… El próximo domingo habrá nuevo presidente del Gobierno. No te preocupes. Te mantendré informado.

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La terraza con vistas a la sierra y una silla que siempre estará vacía


Tu terraza, papá, que ibas a pintar este año, pero que ya lo haré por ti para que siga igual de bonita.

¡Hola, papá! ¿Qué tal llevas el día? ¡Madre mía hay 20 grados y está terminando febrero! El tiempo está un poco loco. Desde mi habitación, a lo lejos, oigo reír y charlar animadamente a las vecinas en su terraza. Y sólo pienso lo feliz que estaría tú en tus sillas viendo de fondo la sierra de Béjar y con un rico aperitivo antes de comer.

¡Cómo disfrutabas allí! ¿Verdad? No había nada que me hiciera más feliz que cruzar la calle, verte asomado a la barandilla y que me saludaras desde arriba. Yo te lanzaba besos y aceleraba mi paso para llegar antes a dártelos en persona.

Tú me regalabas tu mejor sonrisa y cuando entraba en casa nos quedábamos un rato allí ‘cotilleando’ de quien pasaba por la calle o simplemente contándote cualquier cosa que hubiera sucedido en el rato que no te había visto.

Era tu lugar favorito para sentarte a leer en las noches de verano, siempre con tu buena cerveza fría al lado. Allí tenías tus flores, tus toldos, tus estrellas y la luna, a la que te podías pasar horas mirando sin cansarte.

Ahora soy yo la que la miro cada noche por si desde donde estás tú también la estás viendo y podemos cruzar nuestra mirada.

Cuando éramos muy niñas, y como el calor siempre pega fuerte en la época estival, te gustaba cogerte una colchoneta y una almohada y dormir allí con la única luz que llegaba desde las constelaciones estelares. Era un auténtico placer para ti hasta que, como niñas, se nos ocurrió ir a hacerte compañía. Y entonces la tranquilidad se convertía en una auténtica batalla campal por ver quién tenía el mejor sitio para descansar.

De madrugada, cuando las temperaturas empezaban a bajar, nos cubrías con una manta para que no cogiéramos frío y ya con los primeros rayos de luz nos llevabas a la cama, porque era hora de irse a trabajar.

Allí también vivíamos nuestras noches de San Lorenzo, contando estrellas fugaces y yo pidiendo deseos. Especialmente que las siguiéramos viendo muchos años juntos. Al final la vida fue bastante generosa, fueron más de cuatro décadas las que tuve la suerte de tenerte a mi lado, aunque para mí se me quedan muy cortas, porque me hubiera gustado que fueras eterno, mi vida. Te dejo porque estoy hecha un mar de lágrimas, mi boca reseca de tanto llorar y mis manos temblorosas. ¡Qué vacío tan grande!

Se me olvidaba preguntarte por los Óscar. Bueno, no. Por las estatuillas no. Sólo quería saber a cuál de tus dos ‘divas’ viste más guapa: Jennifer López (la Jenny, como la llamabas familiarmente) o Charlize Theron. Te dejo las fotos por si aún no las has visto.

¡Te quiero, papá!

Los rosales marchitos que revivieron en el día del amor


¡Hola, papá! ¡Feliz día de los enamorados! Aunque para nosotros San Valentín era siempre. Y es que hay muchas clases de amor. Uno se puede enamorar de una flor, de una canción, de un vestido, de un paisaje, de un libro o de unos ojos.

Lo único que he tenido claro después de muchas experiencias fracasadas intentando encontrar al ‘príncipe azul’ es que el amor verdadero, sin fisuras, sin interés, el que se sin esperar nada a cambio es el que te dan tus padres. Y en tu caso y el mío, Cupido lanzó la flecha y dio de pleno en nuestro corazón.

Como tú decías siempre que San Valentín era el día del comercio, porque todo el mundo se vuelve loco buscando algo que regalar a sus parejas, yo, en este primer año que nos toca vivirlo por separado, he querido darte una sorpresa especial.

Seguro que no hace falta que te la cuente, porque la habrás estado viendo y te estarás riendo todavía. La terraza de casa siempre fue tu paraíso. Allí plantaste muchos rosales para que en verano las flores le pusieran un toque de color a ese lugar en el que nunca te cansabas de salir si asomaba un rayo de sol.

El año pasado, por pereza, y porque es cierto que tus piernas no estaban al cien por cien, los dejaste sin podar. A pesar de todo, las rosas siguieron brotando. Y cada primavera, cuando salía la primera, la cortabas y me la llevabas a mi habitación. Y yo te abrazaba con fuerza y te decía, como siempre, te quiero.

Bueno, pues esta mañana, complicada sin el amor de mi vida, y con la chica nueva que nos ayuda en las tareas domésticas, te he podado tus rosales, Ahora, como verás en la foto, están un poco feos, pero en unas pocas semanas comenzarán a echar brotes y cuando llegue mayo seré yo la que corte esa primera rosa y te la regale a ti.

Mi inexperiencia y mi torpeza a la hora de realizar estos trabajos de jardinería han dejado mis manos con más de alguna marca de los pinchos de tus plantas y tengo agujetas de limpiar la maleza que había crecido en la tierra. Pero aún así, pelones, lucen de otra forma.

Ahora sólo hay que ponerles un poco de cariño y regarlos con frecuencia para que este trabajo no haya sido en vano,.

También imagino que no te habrás olvidado que el año pasado, justamente hoy, fue tu esperado reencuentro con el primer mar, el de Deba, y que cuando llegamos al hotel Londres, en San Sebastián, nos habían dejado encima de las camas unos paraguas y unas chocolatinas con corazones que aún conservo.

Qué último San Valentín tan mágico vivimos, papá. El que te merecías. El que sólo pueden disfrutar como disfrutamos dos personas que saben lo que es al amor verdadero, el amor de un padre a una hija y viceversa.

Aunque ya no estés a mi lado mi corazón sigue latiendo con la misma fuerza cuando veo nuestras fotos. Pero no hay besos, no hay abrazos y no hay ojos grises que me miren embelesado y me digan ‘qué ojones tienes’.

¡Ay, papá! Qué difícil es esto. Por un parte tengo la satisfacción de que ese día 14 de febrero de 2018 estuvieras en el lugar donde siempre fuiste feliz, pero por otra te echo tanto de menos… Voy a cuidar de esas plantas para que nunca vuelvan a marchitarse, para que den las rosas más hermosas y para que tú veas tu terraza más bonita que nunca. ¡Te quiero, papá! Hoy y siempre.

San Valero llega este año con una ciclogénesis explosiva


¡Hola, papá! Hoy es San Valero. ¿Recuerdas? Aunque ya hace muchos años que no íbamos a la fiesta de ese pueblo que te hizo enloquecer de belleza una noche de verano mirando su cielo, sí es cierto que unas cuantas tardes de frío pasamos allí viendo el primer festival taurino del año en la provincia.

Después, cuando terminaba, era la hora de ir a disfrutar de una buena merendola en el bar Canete. Y un vino de la sierra para que entrara en calor el cuerpo. ¡Qué tiempos aquellos! ¿Verdad?

No sé si desde ahí arriba se siente, o si incluso eres tú el que está soplando y provocando este vendaval que deja un ambiente gélido en la calle y lluvia. Un temporal de los de toda la vida, que hace ya algunos años alguien decidio denominar como ‘ciclogénesis explosiva’. Un buen titular para abrir informativos y periódicos en el caso de que no haya noticias más importantes. Y la verdad es que todos los días, varias veces, abro Twitter para ver «qué ha pasado por el mundo», como si me lo siguieras pidiendo y estuvieras a mi lado leyendo la noticia.

La verdad es que no hay mucho que contar. Seguimos con el fútbol, los presupuestos sin aprobar y aún colean historias de la trama Gürtel. El cuento de nunca acabar.

Un día como hoy, nublado, lluvioso, con tu veleta en forma de cigüeña sonando sin cesar no ayuda mucho a que mi ánimo crezca, aunque la gente se empeña en repetirme una y otra vez que a ti no te gustaría verme así.

Yo también tengo ganas de levantarme una mañana y sonreír, que mis ojos vuelvan a recuperar el brillo que tenían cuando ibas agarrado de mi hombro y de pensar que me estás esperando allí arriba para darme ese beso infinito que tanto añoro, pero creo que es algo que va a tardar.

Lo siento, papá, que sólo me veas llorar, que no quiera ni pasar por el salón y que mis historias no sean más divertidas. Supongo que vendrán tiempos mejores, aunque lo único que tengo claro es que el vacío que has dejado en mi corazón no lo va a llenar nadie.

Te dejo, mi vida, que hoy no estoy muy comunicativa, como verás. Ahora, en breve, cogeré nuestro paraguas del hotel Londres, mis botas, mi abrigo y mis guantes y me iré a dar un paseo a ver si sobrevivo a la ‘ciclogénesis explosiva’ . No lo olvides nunca, mi amor: ‘Te quiero’.