Los amaneceres ahumados y los anocheceres de tímida luna


Hola, papá. Cómo estás? Yo bastante cansada, la verdad. Esta ciudad me sigue agotando desde que me levanto hasta que me acuesto. Pero siempre queda el ratito bueno, el de última hora de la noche, sentada en tu banco enfrente de la casa, saboreando un pitillo, el último del día.

El último que viene siendo el segundo o el tercero, que según te lo cuento pudiera dar la sensación de que me fumo medio paquete, cuando apenas llego a tres. Quizás cuatro si estoy algo más nerviosa de lo habitual.

Al contrario que tú, yo no lo tomo de desayuno. Menuda bomba. Un pitillo a las 7 de la mañana. Y lo bien que te sentaba. Asomado a la ventana del salón, viendo el amanecer y apurando hasta la última calada.

Sinceramente creo que a mamá le hacía menos gracia. Básicamente por el olor y porque le ponías las cortinas amarillas. Qué bueno. Eran esas pequeñas diferencias que te hacían reír desde que te levantabas.

Y luego, aunque estoy intentando hacer memoria, no recuerdo si comías algo más o te bajabas directo a currar. Si tengo otra imagen en mi cabeza, que era cuando íbamos a buscarte un delicioso bocata de calamares a un bar que había enfrente de la Caja.

Eso también te debía de saber a gloria bendita. Lo mejor es que cuando dejaste el tabaco todo te sabía a gloria bendita. Entonces empezó a crecer la curva de la felicidad.

Y para compensar aquellos amaneceres, te dejo con este hermoso anochecer, donde la luna asoma tímidamente por encima de San Marcos.

Bueno, pituco. Te dejo por hoy. Cuídate mucho y cuida de mi princesa. Os quiero ❤️