La tímida sonrisa para esconder tanto tiempo de nostalgia


Hola, papá. Cómo estás? Yo bien. En casa. Me quedé dormida la siesta un rato después de las motos. Con lo que las odio yo de siempre, las siestas, no las motos. En lo que me despejo, me ducho y escribo, pues mira las horas.

Pero hoy me gusta esa foto. Por la bondad que irradia la cara de mamá. Una tímida sonrisa. Su pelo rubio recogido con las horquillas que se compraba siempre en el chino y que rodaban por toda la casa y esas gafitas que rara vez colocaba en su sitio y que se quitaba por coquetería. Luego siempre las andaba buscando en su enorme bolso.

Estábamos con un pequeño cartel homenaje que algunos libreros colgaron en su stand. Gesto emocionado y lágrimas contenidas en ese día de visita a la Feria Municipal del Libro de la ciudad.

Esa era la excusa para empezar una tarde de actividades variadas. Tras el llanto, la celebración, tras las lágrimas las risas y tras el homenaje los abrazos y los besos recordando a ese maravilloso ser de nombre Ignacio, escritor, padre, amigo, confidente, compañero de aventuras y desventuras, pero ante todo, papá.

Mi osito, mi pituco, el diabetiquito, el infractorcito…. Tantos y tanto motes cariñosos para referirse a un hombre con espíritu de niño, con ganas de trastear, con unas inquietudes tan grandes. Cualquier cosa te llamaba la atención. El más mínimo detalle era motivo para coger un papel o servilleta, pedir un boli prestado y hacer un pequeño boceto. Esta noche hay eclipse total de luna, pero en esta ciudad tampoco se verá.

Bueno, pituco. Te dejo por hoy. Cuídate mucho y cuida de mi princesa. Os quiero ❤️