Las divertidas carreras de chapas ciclistas por el suelo con mi osito


Hola, papá. Cómo estás? Yo bien. En casa. Todo tranquilo. Solo. Oigo el ruido de los pájaros mientras que pienso que hoy ya nos hemos perdido un nuevo día ya.

Tengo las piernas en alto. No sé por qué motivo se me inflaman más de lo que debieran y hoy me siento como la princesa encerrada en el castillo. Sin salida.

Recogiendo de todo un poco para dejarlo ordenado, encontré un estuche de metal con el dibujo de Goofy. No hace falta que te diga lo que había dentro de él. Seguro que lo recuerdas a la perfección.

Nuestras chapas de los ciclistas que comprábamos en algún kiosco de Fuengirola, si no mal recuerdo. Después íbamos al bar y le pedíamos al camarero las chapas para hacer los equipos. A partir de entonces comenzaste a ser el osito. Mi osito.

Aunque aparentemente eras muy serio, ese juego te debió de divertir mucho, porque nos hacíamos nuestra pista de obstáculos y nos lo pasábamos bomba.

Quién me iba a decir a mi que te iba a ver a gatas por el suelo dándole a las chapas intentando llegar el primero a la meta. Y alguna vez nos ganabas, pillín. Lo que te gustaba enredar en el fondo.

Y en aquel momento lo aprecias, pero no tanto como ahora que lo tienes entre tus manos y piensas: A quien le digo que juegue conmigo? Y entonces te topas de nuevo con la horrible palabra que es la soledad.

La que te asfixia, la que te ahoga, la que te hace perder el sentido buscado algo que ya no está pero que te cuesta asimilar.

Así que nada. Aquí me quedo con Lejarreta, con Belda, con Lemond dando con mis dedos a las chapas.

Bueno, pituco. Te dejo por hoy. Cuídate mucho y cuida de mi princesa. Os quiero ❤️