El homenaje a Julio Robles y los primeros días sin fumar en los bares


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. De momento todo tranquilo. Ya es 11 de enero. La otra mañana, subiendo de mi paseo habitual, vi que en ttes días es ya el homenaje a Julio Robles. No me digas cuántos años hace, pero muchos.

Recuerdo que llegué al Adelanto a primera hora de la tarde. Y fue un auténtico shock. Me lo dijo Celia. Y a partir de ahí fue una tarde de locos. Qué trajín. Pero bueno. Era mi época de apogeo en el periodismo y podía con todo. Esa tarde fue de locos. De un lado para otro constantemente y sin aprovechar.

Que si a la capilla ardiente, al Ayuntamiento a dar ver la apertura de la capilla ardiente, al día siguiente el funeral… Un follón.

Después, manteniendo tradiciones, comencé a ir todos los años al homenaje que se realizaba en la plaza de toros. Me vienen mil recuerdos a la cabeza.

Hay uno que ahora me viene a la cabeza y que quiero contar a través de estas letras. Estaba yo con mi compañero y amigo Carlos Perelétegui. Era esa época en que se había prohibido fumar dentro de los locales. Y estábamos los dos con el pitillo en la boca.

Sacó un cenicero rojo de esos plegables para echar la ceniza. Y hubo sonrisas generalizadas. A ese momento de alegría, le vino después un fuerte mazazo. Así, sin anestesia ni nada, nos dijo que tenía un cáncer de pulmón. Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo. Más sabiendo que mi tío, tu hermano, estaba muy malito.

Pero lo afrontaba con mucha entereza. Tanto que realmente no me llegaba a creer lo que nos estaba diciendo en ese momento. Y más cuando tío Ángel estaba ya muy enfermo. Con ese mismo problema.

Fue una lucha larga y dura, una batalla que todos pensábamos que iba a ganar, pero al final ni el Cristo por el que tenía tanta devoción le ayudó en esa guerra contra la parca.

Veníamos de Ciudad Rodrigo y entramos en el hospital a verlo. Le llevaba unas pastas de allí. Me tomó fuerte la mano, a pesar de que estaba con toda su familia, que por supuesto era su principal apoyo, y me dijo: «Como el Divino no me ayude, no lo veo yo muy claro». Tardó un mes desde que mantuvimos esa conversación hasta que un lunes, mientras esperaba su artículo semanal, me llamó su hija y me dijo la triste noticia. Una de las grandes plumas del periodismo se había marchado para siempre.

Y esto es la vida, pituco. Como cosa extraña, ese día fuiste conmigo al funeral. Teniendo en cuenta que los dos somos ateos convencidos, pues poco más que contar. Bueno, pituco. Te dejo por hoy. ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero! ❤️