La triste Nochebuena sin mis personas favoritas


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. Hoy es Nochebuena. Un día triste. Lleva tres años siendo una noche horrorosa.

Antes ponía el árbol de Navidad. Y debajo los regalos. Cuando llegaba la sobremesa, me levantaba de la silla y me ponía a repartir la pequeña o gran sorpresa que había preparado para cada uno.

Hoy no hay nada. Ni un triste paquete. Ni el árbol de Navidad. Creo que he sido muy mala, porque ni Papá Noel ni los Reyes Magos me van a traer nada. Solo un corazón destrozado de la inmensa pena que llevo por dentro.

No sabéis lo que voy a echar de menos hoy vuestros abrazos y vuestros besos. Y mi disfraz de Papá Noel.

Todos los días son duros, pero hoy y el 31. No sabéis lo que daría por estar fuera de Salamanca. Y es que es muy triste decirlo, pero odio esta ciudad desde que me levanto. Odio pasar por una tienda y no comprarme alguna cosita. Pero es mi realidad. Difícil de asumir, realmente.

Hoy ha amanecido un día con sol, peque. Para reconfortar el alma. Así que me prepararé para ir a dar un paseo.

Tenía alguna foto tuya mucho más divertida. Con un gorro de purpurina, con una nariz de payaso y esas cosas. Por desgracia, al caerse una botella de agua encima de mi móvil, se me estropeó el Facebook y perdí un montón de fotos preciosas.

Recuerdo que un día de Nochebuena. No sé cuántos años hace ya, fui con mamá a la peluquería. Siempre íbamos a peinarnos a mediodía.

La pobre fue a colgar su abrigo y se venció. Cayó en plancha desde una superficie no muy alta, pero lo suficiente para poderse haber hecho daño. Por fortuna, salió ilesa, pero le esperaba otra sorpresa.

Hacía algunos años que encargábamos parte de la cena en La Oficina. Y a la hora que nos dijeran, veníamos a buscarlo.

Bien. Pues fuimos. Y mi princesa, como iba con sus gafas y todavía con el suelo de haberse pegado ese golpe, se empotró contra la valla del bar. El camarero se quedó pálido. Igual que yo.

Lo malo fue que venía cargada con toda la compra y me dio un ataque de risa. Y ya no sabía que hacer. Si soltar las bolsas o dejar que se rompieran realmente.

Mamá también se reía. Vaya día que le esperaba a la pobre. Por la noche se puso muy guapa. Le habíamos regalado un vestido azul de Cortefiel y, aunque no era mucho de arreglarse, se lo puso. Le di un poco de maquillaje y toda coqueta salió a dar nuestro tradicional paseo previo a la cena de Nochebuena.

Qué tiempos tan bonitos, papá. Que por desgracia no volverán. La vida sigue girando. A pasos agigantados. Y yo aquí, sentada frente a vuestra foto. La viva imagen de la felicidad.

Bueno, pituco. Te dejo por hoy, que voy a pasear. Te voy a poner una foto para que te dé un poco de envidia sana. La de mis canapés. Antes de salir a tomar una copa de cava merendábamos unos cuantos. Y luego ya nos íbamos a brindar antes de cenar. Cualquier cosa antes que llegar al discurso del Rey.

Por suerte fuimos únicos e irrepetibles. La pena es que hoy solo os podré ver mirando al cielo. No te aburro más. ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero! ❤️