Los días de vino y rosas al lado de los grandes maestros de los toros


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. Hace un día horrible. Para variar. Es lo que tiene el invierno. Ya es 10 de diciembre. Qué fechas tan malas se acercan.

Hace dos años estaba en la entrega de un premio taurino en el Meliá Horus, acompañada de dos maestros como son El Viti y Andrés Vázquez.

Iba vestida de rojo. Mi color favorito. Y tenía una gran sonrisa en la cara. Los labios pintados del mismo color y un abrigo negro que para esta época no es muy aconsejable.

Me acordaba mucho de ti. Y de esas tardes en La Glorieta. Qué risas. Y qué bocatas tan buenos nos llevábamos. De lomo, de jamón, de queso… Y luego siempre llegaba el acompañamiento.

Qué buenos eran Miguel, el sepulturero y toda esa pandilla que teníamos ahí. Nos llevábamos unos bocatas que sabían a gloria. Cada día de una cosa. Y lo que disfrutábamos.

Aún recuerdo el día que llegó el señor de Béjar con unas flores que había traído del cementerio. Qué trauma, peque. En ese momento uno no es consciente de lo que es la vida. Ni de que todo es efímero. Que lo puedas hacer hoy, mejor que mañana. Eso lo tengo claro.

Quizás porque antes era una vencedora y ahora me he rendido. Por cambiar, he cambiado hasta mi forma de vestir. El rojo siempre fue mi color favorito, pero ahora mismo, en ese color, solo tengo un suéter y el maravilloso vestido que me regalaste tú de Kōseri, la tienda en que cada noche me paro esperando poder entrar algún día a comprarme todo lo que me gusta.

A veces me cuesta hasta lágrimas, pero es normal. Estoy muy sensible y necesito mimos y regalitos. Y ni una cosa ni otra. Al contrario. Cada día me dan, hablando mal y pronto, una hostia nueva.

Así que mi corazón se va parte en trocitos cada día. Ayer, mirando Instagram a última hora, encontré una foto que decía: Si aún recibes estas dos llamadas, eres la persona más afortunada del mundo. FIN.

Y ahora pienso que fui muy afortunada y que cuando llego a casa, me da igual la hora, el vacío es infinito. Tengo la sana o insana costumbre de mirar siempre al cielo, consciente de que hoy es un día más y uno menos en mi vida. Y que Salamanca me horroriza cada día más. Anoche, desde casa, se oía la música de Navidad de la Plaza Mayor. Y me puse melancólica.

No recuerdo bien, pero creo que justamente un día como hoy se celebraba la Nochevieja Universitaria. Yo había ido a la Vaguada con mamá a ver un espectáculo de motocross freestyle. Imagínate la escena. Yo brincando de alegría y ella detrás de una valla dejando pasar a la gente porque le daba un poco de respeto.

Al final gané un concurso. Y logré ir a Madrid a ver a mis ídolos de los XFighters. Lo que viene siendo flipar en colores, directamente. Qué ganas de verlos otra vez. Espero que sea pronto, porque nuestra existencia es demasiado corta como para esperar mucho tiempo más.

El tiempo, el maldito tiempo que no para. Y me vuelve loca lo de perder un segundo haciendo algo que realmente no sirva para nada. Pero bueno. Por mí, esta misma tarde me iría con el coche a dar una vuelta a Valladolid, a Zamora o a otro sitio.

Ya sabes lo que me gusta andar todo el día al volante, pero tampoco puedo.. Así que nada. Bueno, pituco. Te dejo por hoy. Cuídate mucho y cuida de mi princesa. ¡Os quiero! 😘