Las dulces nubes con sabor a algodón de fresa y azúcar


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. Ya sabes. Aprovechando los últimos rayos de sol antes de que desaparezca por completo.

No sé por qué me gusta mirar a las nubes. En ella veo figuras de animales, de caras. Parecen algodones de azúcar. Qué ricos.

Aún recuerdo cuando bajábamos a las ferias y me lo comprabas. Rosita y esponjoso. Una auténtica delicia, que me comería ahora mismo si la tuviera delante.

Ya sabes que esa parte de mi infancia me gusta revivirla siempre. Me trae recuerdos maravillosos de la época en que íbamos a las ferias. Aunque te rías, porque sé que me darías una colleja en la cabeza ahora mismo, hay una atracción infantil en La Alamedilla. Y cada noche, cuando paso por allí, me quedo con ganas de subir. Gran error no hacerlo.

Quien fuera niña. Creo que al final el síndrome de Peter Pan va conmigo. Me niego a crecer. Salvo a lo ancho, que es lógico y normal por la edad.

No te digo que creo en los Reyes Magos, pero casi. Cada mañana me levanto con la idea de ser feliz. Pero cuando miro vuestra habitación y la encuentro vacía, es cuando pienso: «Corre, corre, que esto son dos días». Y corro, pero siempre me topo con el mismo obstáculo. No puedo salir de Salamanca.

Y entonces empieza a surgir en mí una especie de ansiedad. De hecho, prefiero ignorar los relojes, peque. Me agotan. El mío me lo quité hace ya 5 días. Y no me arrepiento. Solo miro el del móvil para no llegar tarde a los sitios. Manías. Tú siempre llevabas aquel que te regalé por el día del padre. Me costó trabajo elegirlo y comprarlo, pero al final compensó.

Pienso que eso, junto con el libro de Eugenio Noel de ‘Las Capeas’, fueron los dos mejores regalos que te hice. Ahora estoy con ganas de un par de cosas, pero no creo que tarde mucho en compràrmelas. Ya sabes que como no me quitabáis ni un capricho, me acostumbré mal.

Esa palabra tiene un nombre: felicidad. Y un destino: Australia. Al contrario de lo que dice Sabina en su canción, yo pienso que al lugar donde fuiste feliz siempre debes tratar de volver. Y cuanto antes mejor. Por si vienen mal dadas. Que estamos aquí de paso y en cualquier momento tenemos que emprender el viaje que más miedo me da. El de la eternidad. Aunque hayamos quedado allí para volver a vernos.

Y nos veremos seguro. Aunque soy un poco desastre con las rutas, pues me pierdo con bastante facilidad, sé que allí me llevarán directa. A volar entre nubes y a coger de nuevo vuestras manos. A sentir tus besos en mi mejilla y los de mamá.

Qué poquito hace falta para ser feliz. ¿Verdad? Una simple caricia, ese algodón de azúcar, un tierno beso en la mejilla.

Cosas muy simples, pero esenciales para vivir en esta etapa de pandemia y de restricciones. Bueno, pituco. Te dejo por hoy, que es mañana de motos y voy a verlas. ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero! ❤️