El irreparable dolor de la pérdida de los padres más maravillosos del mundo


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. Ya es 2 de noviembre. Ha amanecido un día bastante malo. Hace frío. Bastante. Es una de esas mañanas tristes. Nada que ver con las del verano.

Ayer estuve con tu amigo Manolo, el de Buenos Aires. Qué alegría volver a verle. Hacía meses que no coincidíamos.

Iba con su mujer dando un paseo por Canalejas. Además de la sorpresa, Me se me puso mal cuerpo. De repente vinieron a mí cabeza todos los buenos ratos que pasamos juntos.

Nuestras jornadas de hornazos, los infinitos baños en la piscina y tantas y tantas otras más.

Llevo con ganas de esta rica empanada, ni se sabe. Pero me faltan ingredientes para cocinármela en casa. Así que tendré que improvisar un poco. Sobre la marcha.

Siempre pensé que la vida era bella, pero ahora justo lo contrario. Lo más bonito de mi vida se fue. Y no hay repuesto posible.

Y lo malo es que sigue sin encajarme el puzzle. No me cuadra para nada. La verdad. Pienso que aquella noche del 13 de diciembre me tuve que quedar yo dándote la cena. Y cada día que pasa, más lo pienso.

Anoche llegué con esa idea metida en la cabeza. Yo sola. En casa. Y fue horrible. Realmente. No sabía qué hacer. Me abracé a una almohada y me derrumbé. Había venido de darme un masaje, porque me caí en el bus, y cuando nos despedimos no podía creer que al llegar a casa a tener que salir corriendo en un taxi para volver al hospital.

Me había puesto mala. Los nervios me hicieron que me pusiera a vomitar y me entrara fiebre.

Y me fui. Maldita la hora en la que me fui y no me quedé a tu lado. No sé si alguna vez podré perdonármelo.

Me gustaría haberte escrito algo más hermoso, pero hay veces que solo puedes escribir lo que te sale del corazón. ¡Bueno, pituco! Te dejo por hoy. ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero! ❤️