Los días grises de tormenta y el hombre de los ojos grises cautivadores


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. Todo tranquilo. Ayer por la tarde llovió bastante aquí en Salamanca. Un día de estos que te encantaban y que yo aborrecía directamente.

Nunca me gustó demasiado la lluvia. Siempre he sido más de sol, de estar morenita, de coger vitamina D en la terraza hasta noviembre bien a gusto.

Tú solías salir con tu libro, tú cerveza y un buen aperitivo a pasar allí el ratito antes de comer. Qué buenos momentos vivimos allí los tres juntos.

Por eso os extraño tanto cuando ahora me pongo en la mesa redonda a desayunar o a ver las estrellas por la noche. Siempre que se puede, que ayer no fue el caso.

Cuando voy caminando me encanta ver a los bebés. Y buscando razones para esa extraña manía, creo que algunos, por su pelo rubio y rizado, me recuerdan a esa foto que convertimos en alfombrilla de ordenador, donde estás tú con una oveja de peluche.

Recuerdo perfectamente que decías que eras el niño más guapo del mundo. Y para mí eras el niño, el adolescente, el hombre y el padre más guapo del mundo.

El hombre de los ojos grises que me hechizaban y que por desgracia no salieron en mis genes.

Se los llevó la tierra aquel triste 13 de diciembre. Precisamente un 13 y víspera de Navidad.

Pero de poco sirven los recuerdos. Así que nada. Bueno, pituco. Te dejo por hoy. Cuídate mucho y cuida de mi princesa. ¡Os quiero! ❤️