Las tiernas manos y la dulce sonrisa del hombre que se reencarnó en cigüeña


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. Ya solo queda un día para el chupinazo, peque. ¡Qué emoción! Quien pudiera retornar allí otra vez y vivir esa fiesta con la misma intensidad de antaño.

Esta mañana me desperté temprano y le fui a hacer una visita a tu amigo Lázaro (El Lazarillo de Tormes). Sigue siendo un importante reclamo para la ciudad.

Desde esa zona ver amanecer es un espectáculo único. Además, suelen pasar por allí muchas cigüeñas. Seguramente que lo he contado mil veces. Tengo la sensación de que el día que emprendiste tu último viaje, te reencarnaste en una de ellas.

De hecho, miro al cielo y pienso que eres tú. Que sonríe si me ve sonreír y sufre si me ve llorar.

Voy mitad y mitad. Unos ratos buenos y otros malos. Ya sabes que me sigue sin encajar una pieza de este enrevesado puzzle que es la vida. Y que hasta que no me cuadre no pararé de darle vueltas a una historia que me tiene partida el corazón en trozos.

Muchas tardes veo a señores con bastón. Acompañados de sus hijas, cogidos del brazo, como íbamos tú y yo. Y en ese momento me derrumbo.

Echo tanto de menos tu mano, tu tierna sonrisa. Acuchar tu barrigocha antes de irme a dormir. Darte un beso de buenas noches y las mil y una historias que me inventaba para pasar el último rato de la noche juntos. Y aunque te parezca un poco absurdo, extraño bastante que no me pongan en la tele por la noche ‘El Chiringuito de Pepe’, mi serie preferida. Ya sabías que esas dos horas eran sagradas para mí. El resto de las noches eran enteras para ti. Y para mamá, si le hacía falta algo, claro está.

Bueno, pituco. Te dejo por hoy, que ando un poco tarde. ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero! ❤️