En busca del paraíso perdido y del sol que dore mi pálida tez


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. Sin muchas novedades que contarte, la verdad. Ha amanecido un día de tormenta. Parece mentira que mañana llegue ya el verano.

Nuestros veranos. De piscina con los amigos, de nadar, de reír de hacer pulseras, de tomar nuestro aperitivo debajo de tu cueva particular. Tú llevabas un tomate con sal en la mochila y una cerveza. Con tu navaja en la bolsa, tu libro y tu mejor sonrisa.

Mamá nos solía preparar unos bocadillos de lomo ibérico o de jamón, que degustábamos tranquilamente sentados en una toalla.

Y luego a tomar el sol tranquilamente, a relajarnos y a tomar un aperitivo en ‘Las Cuatro Hermanas’.

Al volver, siempre solíamos coger alguna pieza de fruta en la frutería o directamente nos íbamos al Lidl o al Mercadona a comprar un montón de cosas.

Y después, al llegar a casa, mamá te había preparado alguno de los deliciosos platos de comida que solía hacerte. Siempre pedías algo de cuchara.

Llueve con más fuerza. Es como si el cielo descargarse la rabia contenida que tengo por dentro. Hoy es un día más y un día menos. Y lo peor es que tiene pinta de parecerse al de ayer. Las calles vacías, los pajaritos cantando tranquilamente y yo aquí, con los ojos llenos de lágrimas pensando en lo horrible que es la soledad.

Pero es lo que toca. No queda otra, pituco. No sé ni cuando podré huír a un paraíso que me saque de este letargo continuado desde que me levanto hasta que vuelvo a la cama.

Bueno, pituco. Te dejo por hoy. ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero! ❤️