Las deliciosas palmeras de hojaldre y otras habilidades culinarias


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. Hoy también es día de motos. Cuatro de junio ya. Hace una mañana horrorosa. Parece que incluso puede llover un poco.

Mira qué foto te traigo hoy de recuerdo. Son las palmeritas de hojaldre rellenas de jamón y queso que debía de hacer de vez con relativa frecuencia.

Lo bien que se me daba la cocina. La verdad es que era una crack en la cocina. Me podía pasar horas y horas con el horno puesto buscando cositas para divertirme y pasar un rato más ameno.

Estaban deliciosas de hecho y muy crujientes. Creo que no te gustaban mucho, pero a mí me encantaba meterme a cocinera.

No sé si llegaste a comerte alguna sin rezungar. Preferías otras cosas más sanas que una mis comiditas un poco calóricas, pero definitivamente deliciosas.

Te solía hacer, con mucho gusto, unas sopas de ajo al estilo Fernandica, con pan cortado en rebanadas recién hechas y con una buena rebanada de pan gruesa y contundente.

A veces, solo a veces, cogías la cuchara de palo para poder ayudarme un rato. Y no es por nada, pero nos quedaban de maravilla, peque.

No invertíamos mucho tiempo. Igual nos poníamos a la una y en media hora tenías un perol calentito. Te sentabas a la mesa tan feliz a comer sin prisa. Después, para no perder las buenas costumbres, te echabas una siesta de dos horas para reposarla. Y yo en ocasiones también caía rendida en ese mismo momento.

Pienso, sinceramente, que lo que más nos relajaba era el ruido de las bicicletas del Tour de Francia o de la Vuelta. Era una es de hipnótico, que nos dejaba KO un par de horas tan a gusto.

Mamá también se quedaba como un troncho dormida en el sofá del cuarto de la televisión. Y cuando se despertaba, empezaba la fiesta. Lo que pudimos disfrutar entonces los tres juntos. Todo el día de risas, de cachondeo y de felicidad máxima.

Ahora mi palabra favorita es soledad. Mi soledad y yo. El tiempo que perdemos juntas. Y así un día tras otro. Y en ocasiones llegas a desesperarte. No entiendes muchas cosas. Y siempre preguntas: ¿por qué tan pronto? En parte me siento afortunada, porque hay gente que los pierde mucho antes. Pero no es menos cierto que el vacío que te dejan en el alma y en el corazón no se cura nunca.

El dolor se intensifica o merma en función del día, de las personas con las que te vayas encontrando, del estado de ánimo con el que amaneces. Son tantas y tantas cosas para lo corta que es la existencia, que parece mentira.

Hay días que te sumerges en una laguna de la que piensas que no podrás salir. Y luego coges impulso, respiras hondo y sientes que has vuelto a salir a flote, que eres frágil y débil, pero que vosotros debéis de estar sujetándome del brazo para verme alzar el vuelo.

Volar. Otra de mis locuras. ¿Cuándo podré hacerlo? No lo sé, pero es algo que está en mi mente desde que me levanto hasta que me acuesto.

Bueno, pituco. Te dejo por hoy, que se acerca la hora de comer. ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero! ❤️

Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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