El fin del estado de alarma, la alegría contenida y el imparable paso del tiempo


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. Todo tranquilo. ¿Cómo estás tú? ¿Y mamá? Espero que bien los dos.

Anoche se levantó el toque de queda a las 12 en punto de la noche. Después de un año y tres meses, aún con mascarilla puesta, por supuesto, pero con una alegría infinita, la gente se salió a la calle para cantar: ‘Libertad, libertad!

Unos tiraban petardos, otros reían con todas las ganas del mundo en busca de la añorada vida sin ataduras.

Alegría incontenida y muchos gritos por la calle. No exenta de críticas y polémicas por los que piensan que, aunque ya se pueda salir hasta más tarde, hay que seguir guardando la distancia de seguridad y respetar las normas.

Que está muy bien ir abriendo poco a poco las barreras, pero sin sobrepasar los límites establecidos. Una imagen dice más que mil palabras.

Gente amontonada una encima de otra, tomando una copa y festejando la vida. Seguramente que no fue la mejor idea, pero cada uno celebra la vida a su manera.

Está un día tristón, peque. Ha amanecido con lluvia y con el cielo completamente nublado. No creo que tarde mucho en comenzar a llover. Antes que lloviera era una gran noticia. Ahora tampoco me gusta demasiado, pero hay cosas con las que no se pueden luchar. Y esa es una de ellas.

¿Te acuerdas de aquel calendario eterno que te regalé? Nunca lo he pensado, pero igual era ese el motivo por el que te lo regalé. Así no te hacia falta nada más que girar las agujas para un lado.

Ya hace tres años que también se paró. Y así seguirá de momento. No he mirado en qué mes lo paraste. Donde lo dejaras, bien está. Como todo lo que tú hacías.

¡Bueno, pituco! ¡Te dejo por hoy! ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero!, ❤️

Sobre todo contra el paso del tiempo. El ruido del reloj me atormenta, me pone nerviosa…