Los niños traviesos del Francisco de Vitoria y la bomba que arrebató su vida


Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo bien. En casa. Todo tranquilo. Ya he salido a dar un pequeño paseo. Hace una mañana muy agradable. Un poco fresquita, pero bueno. Más o menos bien.

¿Cómo estás tú? Te echo tanto de menos. A ti y a mamá. Creo que cuando te fuiste no sabías que me ibas a dejar así.

He pasado por tu colegio, el Francisco Vitoria y me han venido a la cabeza tantos recuerdos.

Te imagino allí de niño. Jugando al balón o trasteando. Feliz, divertido, inquieto.

Siempre decías, con resorna, que un día le rompiste las gafas a un niño del colegio. La abuela te dejaba en la puerta y tú te pirabas. Te quedabas sentado en una farmacia hasta la hora de volver a casa.

Hasta que un día pasó tu vecina y te preguntó por qué no entrabas. Y le dijiste que se te olvidó.

Supongo que la bronca fue de padre y muy señor mío. Y que te serviría para poco. Tenemos los dos el mismo carácter.

Lo contabas y te partías de la risa. Con más tristeza comentabas una anécdota un poco triste.

Alguien dejó una bomba olvidada en el patio. Y explotó. Algunos de tus amigos perdieron la vida. Puedo imaginar el trauma que te supuso, a juzgar por tu cara de tristeza cuando lo narrabas.

Hoy los niños jugaban tranquilos. Con su mascarilla y su alegría habitual. Qué felicidad. Bueno, pituco. Te dejo por hoy. ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero! ❤️