La ‘truchilla’ y el ‘pituco’, la pareja que siempre permanecerá unida


El ‘pituco’ y la ‘truchilla’ felices, en el colegio Fonseca en agosto de 2010

¡Hola, papá! ¿Qué tal vas? Yo recién llegada de mi paseo y con la espalda machacada. Desde que te fuiste no descanso por las noches y la verdad es que los pinchazos que me dan, en ocasiones me dejan doblada y con la sensación de que no me puedo incorporar.

El barómetro aneroide no se equivocó. Hoy ya vuelve a ser un día de invierno y los pies se quedan congelados. Aquí tengo toda tu colección de patucos con los que te abrigaba cuando te ibas a la cama.

Y no sé por qué en un momento decidí cambiar el nombre a la prenda y a llamarles pitucos y luego ya tú te convertiste en mi pituco. Así es como más me gustaba llamarte. Ni papá ni Nacho.

Pero bueno, en apodos yo creo que el tuyo fue el mejor. Para ti siempre fui soy y seré la ‘truchilla’.

Y ahora pensará la gente cómo llegaste hasta allí. Aún me parece que te estoy escuchando contarlo. de Patricia pasó a Patrucha, de ahí directamente a trucha y de trucha a truchilla. ¡Simplemente genial!

Y ya que estamos con nombres no me olvido del dilema que tuviste al escoger el mío cuando nací. Tú querías que hubiera sido niño, pero por aquel entonces no existían las ecografías y cuando salí del paritorio en brazos de la abuela, te diste cuenta de que no me podía llamar León Felipe, como el poeta. Seguramente que una vez más juraste en arameo.

Entonces tocó buscar uno de niña. Tenías tus dudas sobre Patricia o Penélope. A tu madre le horrorizaba el nombre de Patricia, porque le recordaba a un pariente cercano que se llamaba Patricio, se suicidó y antes de hacerlo dejó pagado un generoso agasajo para todos los que fueran a velarlo.

Pero al final lo elegiste y, sinceramente, me parece el más bonito del mundo. Patricia Carnero, la ‘truchilla’, la que ahora mismo tiene una vez más los ojos empapados en lágrimas recordando a su ‘pituco’, la que te quiso, te quiere y te querrá siempre. Gracias por existir, mi amor.

Mañanitas en el campo San Francisco entre versos de Becquer


Mañana del 17 de febrero en el campo de San Francisco

¡Hola, papá! ¿Cómo sigues? Aprovecha el solecito de hoy, que nuestro barómetro aneroide ya tiene la aguja en dirección a lluvia y parece que mañana el invierno va a volver a hacer su aparición después de esta pequeña tregua.

Y como hoy es domingo, y los días se hacen eternos sin tu presencia, decidí ir al campo de San Francisco, un lugar bucólico, romántico, silencioso, rodeado de naturaleza y donde uno puede estar rodeado de una calma difícil de encontrar en la ciudad. Además a esas horas mucha gente aún duerme, porque es su día de descanso o porque la noche fue larga e intensa.

Se me hace muy extraño ir allí sin llevarte cogido del brazo, o sin que el tuyo rodeara mi hombro, a la vez que se te escapaba algún beso. Los niños jugaban en el parque en el que tantas veces de pequeña yo también jugué. Felices balanceándose en su columpio, mientras mi mente se trasladaba a mi infancia, una etapa de mi vida que no se puede olvidar cuando has tenido un padre que se ha encargado de que fuera única, especial y donde además de tiempo para la diversión, también lo había para los paseos culturales y para que conociéramos cada uno de los rincones de tu amada Salamanca.

Por eso fui allí. Para contarte que en el campo San Francisco todo sigue prácticamente igual. Parece que el tiempo se hubiera parado hace muchos años. Los bancos de piedra, los árboles enormes y me atrevería a decir que centenarios, las enormes sombras para refugiarse del sol en los días de verano. Todo. Sólo faltabas tú.

Así que aprovechando la generosidad del astro rey, me senté un rato en uno de esos bancos y cogí mi móvil para ver lo que había pasado por el mundo. Entonces encontré que se conmemoraban los 183 años del nacimiento de uno de tus referentes literarios: Gustavo Adolfo Bécquer, cuyos libros ocupan un lugar especial en las estanterías de casa.

Y pensé que era el sitio perfecto y el momento perfecto para recordar alguna de sus ‘Rimas y leyendas’ y rememorar una frase que ya dudo si te encajaba a la perfección, porque aunque siempre fuiste un bohemio, soñador y excepcional escritor, sabías de sobra que la literatura hoy en día es un negocio, puro interés, donde, salvo excepciones, lógicamente, lo que prima son las obras escritas por autores anónimos que firman otros de ‘reconocido’ prestigio, plagios descarados, que no hace falta que te recuerde o juntaletras de medio pelo que salen en televisión.

Pero quiero recordar esa frase, que Bécquer dijo cuando ya agonizaba, porque si hubieras sido contemporáneo, quizá hubiera salido de tu boca: “Si es posible publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo”.

Otro genio, como tú. ¡Te quiero, papá!

P.D: Seguro que te hubiera gustado más una foto en la que se viera mi cara, pero la luz de mi mirada se apagó el 15 de diciembre y sólo brillan cuando las lágrimas comienzan a brotar. Estoy luchando por recuperarla, pero dame un poco de tiempo, mi amor.

Los platos de cuchara de mamá y el ‘bendito’ pollo asado


¡Hola, papá! Qué difícil es la vida sin ti. No te lo puedes imaginar. Perdona. Hoy no te he preguntado que cómo va todo por allí. Supongo que bien. Allí tendrás una panda de amigos con quien podrás tomarte un vino y un buen plato de cuchara, de esos que mamá te preparaba y tú te rechupeteabas los dedos.

Lo que te gustaba un buen cocido, un potaje (como el de la foto), unas alubias ‘pedorreras’, un arroz caldoso… Aún te imagino sentado en tu silla del salón esperando a que llegaran las dos de la tarde para saciar tu apetito.

Éramos los dos iguales en muchos de nuestros gustos o no gustos culinarios. Es imposible pasar por una tienda de pollos asados y no pensar en ti. Y en la que montábamos en casa cuando mamá y Marta querían comer ese ‘delicioso’ manjar que nos ponía el estómago del revés. Tú empezabas con tus arcadas y yo directamente ese día prefería hacer ayuno por lo menos hasta la merienda.

Y es que lo de comer con la cabeza nunca fue bueno, pero lo nuestro no tenía remedio. Nos pasaba exactamente si un día teníamos que hacer recados en el mercado y pasábamos por el mercado. Prohibido mirar si no queríamos pasar un mal rato.

¿Recuerdas nuestro viaje relámpago a Tanger? Este lo contaré otro día con más calma, porque fue de lo más divertido. Sólo recuerdo cuando el guía dijo que íbamos a uno de los lugares más típicos de la bonita ciudad marroquí. Y nada más entrar, y comenzar a ver las vacas, muchas de ellas cubiertas de moscas, cerraste los ojos, te agarraste a mí espalda y me pedista que te guiara (cual lazarillo) hasta la salida.

Lo mejor es que cuando llegamos al restaurante, nos tenían de menú pincho moruno y entonces fue el no va más. Menos mal que coincidimos con un amigo de estómago agradecido que se comió lo suyo y lo nuestro. Te quedaste con tanta hambre que al final te bebiste hasta la infusión. Y eso sí que me dejó alucinada, porque jamás te gustó ni eso ni el café.

Aquí estamos disfrutando de una primavera anticipada, que parece que termina el lunes, un sol que está dando vida a tus rosales y que hace los días tristes un poco más llevaderos. ¡Te quiero, papá! ¡Buen apetito!

La ‘loca’ que se baño en La Concha en pleno mes de febrero


Yo, el 15 de febrero, bañándome en La Concha, a diez grados de temperatura

¡Hola, papá! Hoy hace ya dos meses que te fuiste para siempre. Y todavía no me lo creo. Esta mañana me fui a pasear por tu calle, Alarcón, y te imaginaba por allí correteando, jugando a las ‘dreas’ (combates de tirar piedras) con los amigos y los que no lo eran tanto y haciendo alguna de las tuyas.

Hoy, también, hace un año que terminaba nuestro viaje soñado, el que te llevó a San Sebastián y a Deba. Y después de 3 días frío, lluvia y el típico tiempo del norte que te encantaba, el 15 de febrero amaneció con un solecito que poco a poco fue subiendo el termómetro hasta los 10 ó 12 grados.

Para tu sorpresa, en mi maleta había guardado mi bikini, porque tenía claro que después de cuatro años sin pisar la playa, en cuanto templara un poco me iba a dar un reconfortante baño en el mar (heredé el amor por ese gran río de agua salada de ti).

Creo que cuando me viste preparada para bajar a darme el chapuzón no dabas crédito a tus ojos. Y me dijiste que estaba loca. Sin embargo, saliste a tu terraza del hotel Londres para no perderte ese momento.

Y así lo hice. Llegué, me quité los leggins, la chaqueta de punto grueso y sin pensarlo dos veces me sumergí en el agua. A medida que iba adentrándome para saltar olas, dejaba de sentir los pies, las piernas, el abdómen, pero no importaba. Era mi momento de gloria. Sabía que no iba a volver al mar en mucho tiempo.

Regresé a la habitación y tú seguías sin dar crédito, aunque en el fondo sé que te daba un poco de envidia, porque tú también hubieras querido volver a sumergirte en las aguas del Cantábrico. Luego se convirtió en la mejor anécdota del viaje. Creo que se lo contaste a cientos de personas. Con una tremenda sonrisa en la boca.

Rebuscando en mi álbum particular, y con unas fotos espectaculares de la noche donostiarra, encuentro el texto que las acompañaba, en el que os daba las gracias a mamá y a ti por ese viaje mágico y pedía que ojalá lo repitiéramos pronto. De hecho ya tenías reservada tu terraza para volver ahora en abril.

Pero el destino es… diría que una palabrota, pero no voy a hacerlo. Me quedo con lo feliz que fuiste esos cuatro días. Mejor… que fuimos, porque yo estaba radiante viéndote en una tierra tan hermosa.

Termino ya poniéndote un poco al día de cómo andan las cosas por el país. Al final habrá elecciones el 28 de abril. En temas políticos no vamos a adentranos más, porque rompe el encanto de cualquier historia. Te dejo, mi amor. Recuerda que como te dije hace un año y te repito a todas horas ¡te quiero!

Los rosales marchitos que revivieron en el día del amor


¡Hola, papá! ¡Feliz día de los enamorados! Aunque para nosotros San Valentín era siempre. Y es que hay muchas clases de amor. Uno se puede enamorar de una flor, de una canción, de un vestido, de un paisaje, de un libro o de unos ojos.

Lo único que he tenido claro después de muchas experiencias fracasadas intentando encontrar al ‘príncipe azul’ es que el amor verdadero, sin fisuras, sin interés, el que se sin esperar nada a cambio es el que te dan tus padres. Y en tu caso y el mío, Cupido lanzó la flecha y dio de pleno en nuestro corazón.

Como tú decías siempre que San Valentín era el día del comercio, porque todo el mundo se vuelve loco buscando algo que regalar a sus parejas, yo, en este primer año que nos toca vivirlo por separado, he querido darte una sorpresa especial.

Seguro que no hace falta que te la cuente, porque la habrás estado viendo y te estarás riendo todavía. La terraza de casa siempre fue tu paraíso. Allí plantaste muchos rosales para que en verano las flores le pusieran un toque de color a ese lugar en el que nunca te cansabas de salir si asomaba un rayo de sol.

El año pasado, por pereza, y porque es cierto que tus piernas no estaban al cien por cien, los dejaste sin podar. A pesar de todo, las rosas siguieron brotando. Y cada primavera, cuando salía la primera, la cortabas y me la llevabas a mi habitación. Y yo te abrazaba con fuerza y te decía, como siempre, te quiero.

Bueno, pues esta mañana, complicada sin el amor de mi vida, y con la chica nueva que nos ayuda en las tareas domésticas, te he podado tus rosales, Ahora, como verás en la foto, están un poco feos, pero en unas pocas semanas comenzarán a echar brotes y cuando llegue mayo seré yo la que corte esa primera rosa y te la regale a ti.

Mi inexperiencia y mi torpeza a la hora de realizar estos trabajos de jardinería han dejado mis manos con más de alguna marca de los pinchos de tus plantas y tengo agujetas de limpiar la maleza que había crecido en la tierra. Pero aún así, pelones, lucen de otra forma.

Ahora sólo hay que ponerles un poco de cariño y regarlos con frecuencia para que este trabajo no haya sido en vano,.

También imagino que no te habrás olvidado que el año pasado, justamente hoy, fue tu esperado reencuentro con el primer mar, el de Deba, y que cuando llegamos al hotel Londres, en San Sebastián, nos habían dejado encima de las camas unos paraguas y unas chocolatinas con corazones que aún conservo.

Qué último San Valentín tan mágico vivimos, papá. El que te merecías. El que sólo pueden disfrutar como disfrutamos dos personas que saben lo que es al amor verdadero, el amor de un padre a una hija y viceversa.

Aunque ya no estés a mi lado mi corazón sigue latiendo con la misma fuerza cuando veo nuestras fotos. Pero no hay besos, no hay abrazos y no hay ojos grises que me miren embelesado y me digan ‘qué ojones tienes’.

¡Ay, papá! Qué difícil es esto. Por un parte tengo la satisfacción de que ese día 14 de febrero de 2018 estuvieras en el lugar donde siempre fuiste feliz, pero por otra te echo tanto de menos… Voy a cuidar de esas plantas para que nunca vuelvan a marchitarse, para que den las rosas más hermosas y para que tú veas tu terraza más bonita que nunca. ¡Te quiero, papá! Hoy y siempre.

El 13 y mis no supersticiones que traen mala suerte


Hola, papá. Hoy es día 13. Y siempre te reías de mis supersticiones. Decías que eran fruto de la incultura popular. Y quizá lo sean.

Pero cosas del destino o de esas manías que te causaban tanta incredulidad, un 13 de diciembre la médica te decía que el lunes te daban el alta y 13 horas después las flemas que unas incompetentes no te fueron aspirando día a día para ayudarte a superar la infección que te causó la bacteria que dejó en tu pie el ‘inminente’ cirujano que te amputó los cinco dedos del pie izquierdo, y que te llevaron a la UVI 24 días por una neumonía, te provocaron un broncoespasmo y el principio del fin del hombre más importante de mi vida.

36 horas de agonía para que finalmente el 15, a las 9 de la mañana, mi luz se apagara para siempre

Ahora ya no soy supersticiosa porque trae mala suerte, pero ese 13 de diciembre la muerte cogió su guadaña para segar la vida de una persona que estaba débil, pero con la que estaba dispuesta a empezar de cero, sabiendo que el camino no era fácil. Más bien al contrario

Cuando se quiere a alguien como te quise, te quiero y te querré no hay excusa para seguir luchando. Ya estaba todo listo para iniciar tu rehabilitación y seguir disfrutando cada día de esos pequeños momentos que nos colmaban de felicidad .

¡Maldito 13, papá! Maldito. Te llevó de mi lado, pero nunca conseguirá arrebatarte de mi corazón. ¡Te quiero mi amor!

Como niños con zapatos nuevos destino a San Sebastián


¡Hola, papá! Aquí estoy como cada día para contarte y rememorar juntos algunas cosillas, cosas que en su momento valoramos, pero que hoy las guardo como auténticos tesoros, porque cada momento nuestro tenía magia.

Muchas veces, ahora que salgo a pasear sola, recuerdo cuando lo hacía contigo. No es por nada, pero eras la envidia de muchos, especialmente de personas mayores, que siempre te decían que era una suerte poder llevar un ‘bastón’ así que te ayudara a caminar.

Yo sé que en el fondo te sentías orgulloso, porque la gente te recordaba que no era fácil encontrar una hija que tuviera tan dedicación a su padre. Y yo me sentía orgullosa de que fueras conmigo, porque como me siguen diciendo muchos de los que te conocieron, eras un tío muy grande.

El niño de rizos dorados que rompía los huevos por el pasillo


¡Hola, papá! ¿Qué tal va todo? Por aquí otra vez disfrutando de un día casi primaveral en la que por primera vez he vuelto a bajar al Clínico para pedir el último informe médico sobre tu estancia allí.

Ahora mismo, preparando la medicación de mamá, me he vuelto a encontrar con la que era tu foto favorita. Una en la que apenas tenías un año, el pelo lleno de bucles dorados y unos ojos enormes. De tu mano llevabas un peluche y siempre que la veías comentabas lo mismo: “No me digas que no el niño más guapo del mundo”, a lo que yo respondía afirmativamente con una sonrisa.

Realmente eras un niño adorable, aunque por lo que me contaste algo travieso. Como llegaste extraviado, pues te sacabas 10 años con Ángel, el tercero de los cuatro hermanos, te convertiste en el auténtico terremoto de la casa. Supongo que además malcriado por el resto de la familia.

Entre nuestras miles de conversaciones, alguna vez solías hablar de tu niñez, y por lo visto eras un pieza de cuidado. Alguna mañana de estas que estarías aburrido en casa, no se te ocurrió otra cosa que abrir la nevera.

Encontraste el ‘juguete’ perfecto para matar el rato: una docena de huevos. Y por circunstancias de la vida, un martillo. Así que no te lo pensaste dos veces. Fuiste distribuyéndolos por el pasillo según mejor te parecía y al mismo tiempo que los colocabas, le dabas un martillazo.

Puedo imaginar la cara de la abuela cuando viera el desaguisado. Y más teniendo en cuenta que no eráis una familia de grandes recursos económicos, sino más bien humilde.

Nunca me lo llegaste a confirmar, pero supongo que tu madre, Crispina Piedad (sí, sí, seguro que muchos cuando lo lean piensan que se trata de un error tipográfico, pero ése era el verdadero nombre de la abuela) te pondría un buen castigo o te echaría una buena regañina, pero la felicidad del momento no te la quitó nadie. ¡Qué trasto eras, fuiste y lo sigues siendo! Porque hay veces que estoy en casa y se me cae algo o se rompe cualquier cosa y directamente pienso que has sido tú el culpable.

Por cierto, aunque te dije que no iba a hablar mucho de política, pero que el país estaba un poco revuelto, en principio habrá elecciones generales el 14 de abril, el día de la República, el día de tu uña pintada de rojo, morado y amarillo, que este año me pintaré yo.

Bueno papá. Te dejo. Es hora de ir al gimnasio a pasar un rato con los amigos e intentar olvidar por unos minutos la pena inmensa de saber que no estás. Gracias por abrirme los ojos sólo hace unos minutos con eso que sólo tú y yo sabemos. ¡Te quiero infinito

‘Tiburón’, la película que asustó al papá más valiente


¡Hola, papá! Aquí estoy un día más para hablar de nuestras cosillas. Bueno. Más bien hablo yo, aunque a veces siento que tú desde arriba me pones la palabra o la frase justa en el momento oportuno.

He salido a pasear y he llegado hasta la Plaza de la Cruz Verdadera, esa que tantos quebraderos de cabeza te dio cuando estabas inmerso en tu callejero salmantino. Hoy el cielo está gris. Y cuando regresaba empezaron a caer unas pequeñas gotas de agua. Espero que no sean tus lágrimas por verme como un alma en pena caminando sin rumbo por la ciudad.

Simplemente necesito huir de la soledad de la casa y de mi corazón. Pero como ya te dije que iba a intentar plasmar aquí anécdotas divertidas que me contaste una y mil veces para deleite de mis oídos, al pasar por una cafetería vi que tenían anunciada la emisión de ‘Tiburón’.

Y no pude por menos que sonreírme. De repente se me vino a la cabeza la imagen que siempre se me venía cuando relatabas, como buen narrador que eras, tu experiencia tras ir a ver la película.

Fue en el desaparecido cine Bretón, muy cerca de la Gran Vía, y a pesar de que siempre fuiste muy valiente, por lo visto los dientes del fiero animal te impresionaron más de lo que te imaginabas.

Tú vivías en la calle Alarcón, más o menos a un cuarto de hora de la sala de proyección. Era ya de noche cuando regresabas y no dejabas de mirar para atrás por si del asfalto salía aquella cabeza gigante con afilados dientes. Un tiburón saliendo del asfalto. ¡Ay, papá! Esas cosas sólo se te ocurrían a ti.

Luego fui yo la que cogí miedo, no demasiado, a raíz de ver la saga completa de ‘Tiburón’, con esa música tan siniestra que sonaba cada vez que se iba acercando a su presa. Siempre que entro en el mar y me alejo un poco de la orilla, empiezo a escuchar esa melodía y miro a los lados a ver si veo alguna aleta que venga en mi persecución.

Por cierto, antes de que se me olvide, desde hacía ya muchos meses me preguntabas que si sabía algo de Pepito (le llamaba todo el mundo así porque nació con algún problema que le impidió crecer). Pues lógicamente se extrañó al verme sola. Y ya se imaginó lo peor. No me hizo falta más que un gesto para que me entendiera. Pero a lo que íbamos, como buen vividor de la vida, porque por fortuna su estatura nunca le acomplejó y su simpatía le convirtió en un persona a la que todos le teníamos mucho cariño, iba a tomarse sus vinos dominicales con los amigos.

Supongo que en alguno de ellos habrá brindado por su amigo Nacho. No sé si te has enterado que España anda revolucionada políticamente hablando, pero hablar de política realmente no nos gustaba mucho y no lo voy a hacer aquí. Sólo quería contarte que el actual presidente, Pedro Sánchez, ha escrito un libro. Sí. Estás leyendo bien. Me imagino dándote cabezazos contra las paredes y preguntando quién será el ‘negro’ que le haya juntado tantas palabras para llenar las páginas.

Yo también me lo pregunto. Porque escritor se nace, no se hace, y realmente no creo que su lectura pueda aportar mucho a nadie. Bueno sí, a las que dicen que es un ‘guaperas’. En fin, papá, ‘hay gente pa tó’, una de tus frases favoritas. Te dejo que disfrutes lo que puedas de esta tarde de domingo. Todavía estás en hora de echarte la siesta. ¡Te quiero, mi vida!

Nostalgia de tu amada Deba en una gélida tarde invernal


¡Hola, papá! ¿Qué tal va todo? Yo hoy tengo un día en el que la melancolía invade mi alma. No sé muy bien por qué. Supongo que el silencio que hay en casa desde que tú te fuiste tampoco ayuda mucho. Y además el invierno se ha recrudecido y mis manos están casi tan gélidas como mi corazón.

Después de 7 semanas logré hablar con tus amigos Joserra y Marián. Sí. Esos a los que dedicaste aquel precioso artículo titulado ‘El primer mar’, que aún cuelga en un lugar privilegiado del restaurante ubicado en la misma plaza de Deba.

¿Recuerdas los huevos fritos con patatas caseras y jamón que nos comimos allí hace casi un año? Y, por supuesto, tu botella de Remelluri, especialmente descorchada para celebrar el reencuentro después de más de una década sin volver por allí.

La verdad es que pensaron que la llamada era para decirle que volvíamos, pero rápidamente el tono de voz les cambió cuando les conté que no, que era para comunicarles algo triste. “Ay, el aitá”, exclamó Marián mientras yo sujetaba el teléfono con las manos temblorosas y los ojos empapados en lágrimas. Sólo pude responder que sí y hacerle un breve resumen de cómo fue todo. Pero no te preocupes, mi amor, hemos quedado en que nos reencontraremos. Y ese día el local permanecerá cerrado para dedicarlo entero a nosotros y especialmente a ti.

No sé por qué desde el primer día que me hablaste de Joserra lo imaginaba como el típico señor vasco, de complexión fuerte, alto. Lo que tú llamabas un tiarrón, para entendernos. Mi sorpresa fue cuando me lo presentaste y era todo lo contrario. Un hombre de estatura normal, más bien delgado y con gorra para protegerse del frío y gafas. Amable, generoso y muy entrañable.

Creo que si estás leyendo esto te vendrá a la cabeza el famoso rodaballo al que te invitó en una de tus últimas visitas (yo no fui en esa ocasión), y que te conquistó el paladar por su frescura y su exquisitez. Recién traído del mar, comentabas siempre que hablabas de aquella comida.

La verdad es que hay veces que las mejores fotos las tiene uno guardadas en el disco duro de su memoria. Y de esas tengo mil, porque te fascinó volver allí, a pesar de que llegaste reventado al tren después de una larga caminata para poder volver a escuchar el ruido de ese primer mar, de ese río infinito que conociste con 18 años y que te dejó fascinado para siempre.

Como el destino es caprichoso, quiso que precisamente aquel primer mar fuera el último. Quizá porque se te olvidó tocar la campana de Santa Catalina para pedir volver otra vez. Pero siempre me quedará el orgullo de haber estado contigo, agarrada del brazo, contemplando las olas y regalándote un beso infinito en ese lugar mágico para un bohemio soñador de ojos grises cautivadores.

Espero que te haya gustado este pequeño recorrido por nuestra historia reciente y que tú estés feliz viendo todo desde donde estés. Al final yo siempre te ‘reñía’ porque le ponías finales tristes, extremadamente tristes, a tus cuentos. Ahora me puedes regañar a mí por no contar los cientos de anécdotas divertidas que hemos pasado juntos, pero que tengo guardadas en la recámara, porque también quiero que te rías cuando las recordemos juntos. ¡Te quiero, mi vida!